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Jesús, hijo de mujer. Por SPONG, John Shelby


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Publicado el 06 febrero 2010 - 12:03

:estudiando

Iniciamos un tema para leer con calma y mucha atención. Ojalá sea útil para el desarrollo personal y/o espiritual de cada uno.

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JESÚS, HIJO DE MUJER

John Shelby SPONG

Colección Enigmas del Cristianismo

Ediciones Martínez Roca, S. A.

EL AUTOR

John Shelby Spong es el obispo episcopaliano (versión norteamericana de la Iglesia anglicana) de Newark, Nueva Jersey. Es autor de nueve libros. Son conocidas sus posiciones poco ortodoxas, y sobre todo adversas, frente a la Interpretación literal de los textos bíblicos. La ha emprendido con los temas de la Resurrección, la sexualidad, el fundamentalismo, etc., y ahora impugna, en esta obra, la interpretación de la virginidad de María.

«A lo largo de su carrera como sacerdote y obispo episcopaliano, John Shelby Spong se ha visto inmerso en la controversia al esforzarse, desde la vanguardia de diversos movimientos, por integrar plenamente a los negros, las mujeres y los homosexuales en la vida de su Iglesia.»

The New York Times: «Se trata de la afirmación de fe no literal más lúcida y erudita desde la obra Honest to God del obispo John Robinson. »

The Guardian: «Gracias a Dios por Spong. »

The Bulletin (Australia): El autor desafía la doctrina según la cual María, madre de Jesús, era virgen.

Una impugnación a la interpretación literal de los Evangelios mediante el análisis minucioso de los textos bíblicos colocados en su contexto intelectual, social, cultural e histórico.

¿Cuál es el origen de la política antisexual y antifemenina de la Iglesia? ¿Estuvo casado Jesucristo? ¿Quién era en realidad María Magdalena? ¿Fueron las bodas de Caná las del propio Jesús? ¿Cuál es el origen de la leyenda de los Reyes Magos? ¿Nació Jesús en Belén o en Nazaret? ¿Hubo relaciones hostiles entre Jesús y su familia? ¿Por qué se oculta en los Evangelios la importancia de José en la vida de Cristo? ¿Por qué sólo Mateo y Lucas se refieren a la virginidad de María, y Pablo ni siquiera la menciona?

______________________________

Para Katharine Shelby Catlett y John Baldwin Catlett III

que nos proporcionaron a Chris y a mí la alegría de ser abuelos

Índice


Prólogo ......................................................................................................................... 3 1.

Escapar del literalismo bíblico ............................................................................. 11 2.

Aproximación a la historia a través del midrash ................................................. 20 3.

Nacido de mujer: Testimonio de Pablo .............................................................. 24 4.

Del escándalo de la cruz al escándalo de la cuna .............................................. 27 5.

El desarrollo de la tradición de la natividad ....................................................... 35 6.

La historia de Mateo, primera parte .................................................................... 46 7.

La historia de Mateo, segunda parte ................................................................... 59 8.

Lucas: ¿Una representación original? .................................................................. 68 9.

La historia de Lucas, primera parte ..................................................................... 76

10. La historia de Lucas, segunda parte .................................................................. 89 11.

Alusiones al nacimiento en Marcos y Juan ...................................................... 102 12.

Afrontar las implicaciones de las Escrituras .................................................... 109 13. S

upongamos que Jesús estuvo casado .............................................................. 117 14.

El coste del mito de la virgen ............................................................................. 124


Notas ............................................................................................................................

[Las Notas, en el original están al final del documento. En la presente copia han sido añadidas al pié de página]


Bibliografía .................................................................................................................. 138



_______________________________




Prólogo


Ya en 1973, cuando escribí This Hebrew Lord, añadí al capítulo 15 una nota a pie de página en la que se decía: «En un principio, al concebir este libro, tuve la intención de dedicar una parte a la envoltura interpretativa que rodea la historia del evangelio: la narración de la natividad de Jesús, por un lado, y la resurrección por el otro. Pero el material acumulado fue tan enorme que decidí conservarlo para una publicación posterior». Incluso ahora me extraña que ya estableciera hace tanto tiempo este curso de acción futura para mí.


Siete años más tarde cumplí con una buena parte de ese compromiso cuando se publicó The Easter Moment, en 1980, libro concebido para explorar aquel momento crítico de la historia en que el poder del evangelio apareció de forma explosiva en el escenario mundial. Enfocaba la atención sobre el nexo en el que la fe y la tradición se entrecruzan con el conocimiento y la secularidad. El título inicial del manuscrito era «Un caso para la resurrección de la mente moderna». Me siento particularmente contento por el hecho de que Harper & Row lo reeditara en 1987, en una edición revisada de bolsillo, y que incluso ahora haya sido completamente redactado para una nueva década, bajo el título The Resurrection: Myth and Reality — A Bishop Rethinks the Meaning of Easter.


Desde que apareció The Easter Moment, he publicado otros cinco volúmenes. Sin embargo, nunca perdí el deseo de examinar la narración de la natividad de Jesús con la misma intensidad con que había examinado la resurrección, y hacerlo de una forma que fuera accesible para el lector medio no especializado.


Durante los años transcurridos desde 1973 mis conclusiones teológicas y bíblicas han despertado un amplio debate, con respuestas que van desde la cólera más histérica hasta un verdadero aprecio por los argumentos expuestos. En esos años me vi configurado de modo importante por el movimiento feminista, que me abrió los ojos a nuevas formas de percibir la opresión a que se ven sometidas las mujeres, tanto en la Iglesia como en la sociedad, algo que se hace habitualmente en nombre de Dios, la Biblia y la tradición sagrada. También me sentí atraído por un estudio intenso de la sexualidad humana, y por el amplio debate iniciado en el seno de la Iglesia sobre las pautas cambiantes de la ética sexual. Mi estudio me condujo, sobre todo, a una nueva comprensión de la fuente y el origen de la homosexualidad que desafiaba todos mis prejuicios sexistas y homofóbicos.


Las conclusiones a las que llegué en estos temas, publicadas bajo el título Living in Sin? A Bishop Rethinks Human Sexuality, tuvieron el efecto de convertirme en un símbolo para ir más allá de las pautas morales convencionales y de la sabiduría prevaleciente que caracterizan la comprensión tradicional de la Iglesia sobre el papel y el lugar que ocupan las mujeres, así como sobre la actitud para con nuestros hermanos y hermanas gays y lesbianas. Quienes se definieron a sí mismos como defensores de la fe de sus padres se resistieron con intensidad a mis ideas, y hasta me dirigieron malignos ataques personales, pero quienes se sentían excluidos de las tradiciones del pasado vieron en mí un signo de esperanza para su futura inclusión personal en el cuerpo de Cristo. Aquellos cuya lealtad se mantuvo fiel a una imperturbable institución eclesial, vacilaron, como siempre, en la inútil búsqueda de un término medio y seguro.


De una forma extraña y fascinadora, el debate sobre la sexualidad humana me hizo volver a la Biblia.


Quienes apoyan la opresión y el aislamiento de las mujeres en la Iglesia citan la Biblia para justificar la continuación de sus propios prejuicios. Quienes no pueden escapar de su profunda homofobia, en algunos casos inconsciente, encuentran en los textos literales de las Escrituras el apoyo que justifica su condena de los gays y las lesbianas. Así pues, escribí Rescuing the Bible from Fundamentalism, con la intención de elevar el debate sobre las Escrituras a un nuevo nivel de erudición y cordura. Una vez más, se desataron las tormentas de la controversia cuando los supuestos defensores de la Biblia elevaron la voz para atacar mi postura, algo que hacían habitualmente sin haberse tomado siquiera la molestia de leer mi libro.


Finalmente, después de esos dos libros que alcanzaron éxitos de venta, volví de nuevo la atención hacia mi proyecto anhelado desde hacía tanto tiempo: escribir sobre las narraciones de la natividad de nuestro Señor. Supongo que abrigaba la esperanza de que mi esfuerzo lograra disminuir los decibelios de la cólera, y permitirme a mí y a otros abordar la Biblia en un destacado nivel de erudición. Pero he aquí que no parece existir puerto seguro en parte alguna y que cuando la conciencia se despierta en un ámbito, también se despierta en todo lo demás. En esos textos tan familiares descubrí entonces definiciones de las mujeres que no resultaban precisamente admirables, un hecho que ni siquiera podía ocultar la poesía de las historias narradas.


Las narraciones sobre la natividad también me plantearon de una forma nueva y poderosa tanto la autoridad como el uso apropiado de las Sagradas Escrituras en la vida de la Iglesia. A pesar de que ese tema ya lo abordé específicamente en mi último libro, ahora podía tomar las herramientas desarrolladas en ese volumen y utilizarlas para llevar las historias de la Navidad y de la Epifanía a un nuevo nivel de intensidad. Cuando mi diócesis me concedió amablemente un mes sabático en cada mes de febrero, aproveché la oportunidad para estudiar el tema con la máxima concentración en lugares tan maravillosos como el Seminario Teológico Unionista en la ciudad de Nueva York; el seminario protestante de Yale, en New Haven, Connecticut; el seminario protestante de Harvard, en Cambridge, Massachusetts, y la facultad Magdalen en la Universidad de Oxford.


En esas grandes instituciones escuché las principales voces eruditas contemporáneas sobre el Nuevo Testamento, que demostraban la verdad acerca de las narraciones de la natividad. El poder de eruditos masculinos como Raymond Brown, Edward Schillebeekx, Joseph Fitzmyer, Michael Goulder y Herman Hendrickx hizo contribuciones importantes a mi estudio; pero también lo hicieron las nuevas y enérgicas voces femeninas de Rosemary Radford Ruether, Anne Belford Ulanov, Elisabeth Schüssler Fiorenza, Jane Schaberg, Margaret Miles y Phyllis Trible.


Además de eso, exploré diversos aspectos del culto a la maternidad, tanto antigua como moderna.


Llegué a conocer así las figuras semejantes de Isis, Cibeles, Artemisa y Diana, con las que casi no estaba familiarizado. Descubrí a la Madonna negra. Intenté separar a la María de la historia con respecto a la virgen María del mito. Traté de situarme yo mismo dentro de la mentalidad de la primera generación de cristianos, con objeto de apreciar la forma en que usaron las escrituras hebreas. Leí de nuevo los escritos de los antiguos Padres de la Iglesia (no hubo Madres antiguas que escribieran), y traté de descubrir el significado que pudiera haber por detrás de las palabras, a medida que empezaba a producirse la divinización gradual de María en la historia cristiana. Enfoqué la atención sobre el impacto que pudo haber tenido ese movimiento sobre las mujeres reales.


Finalmente, leí profundamente los escritos de Carl G. Jung y de los que pudieran ser calificados como junguianos, buscando específicamente la forma en que se relacionaban los conceptos de masculino y femenino en la historia psíquica de la humanidad.


Para ser justos, sin embargo, debo decir que, de entre todo este estudio de fondo, ha habido dos personas que, más que cualesquiera otras, han contribuido a configurar mi pensamiento sobre el 6 tema. Mi sentido de la deuda contraída y del profundo aprecio exige que las trate de una forma especial. Así pues, las destaco con un énfasis particular de entre la lista anterior.


En primer y destacado lugar debo citar al doctor Raymond E. Brown, profesor del Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Unionista, en la ciudad de Nueva York, y la persona a la que considero como el principal erudito mundial sobre el Nuevo Testamento. Gracias a que Ray Brown es padrino del hijo de un sacerdote que estuvo previamente en mi diócesis, utilicé esa relación para que acudiera como conferenciante a la serie de conferencias titulada «Nuevas dimensiones», que se dieron en la diócesis de Newark en 1977, poco antes de que publicara su libro The Birth of the Messiah.


Esas conferencias, que me permitieron introducirme en lo más sustancioso de ese libro, fueron tan estimulantes para mí que apenas si pude esperar para adquirir el libro y añadirlo a mi biblioteca.


Como especialista, tengo la costumbre de tomar uno de los grandes libros teológicos o bíblicos y estudiarlo intensamente durante todo un año, considerándolo como mi maestro. En 1986 concedí ese destacado papel a The Birth of the Messiah, de Ray Brown. Se convirtió así en mi libro de estudio fundamental. Lo leí durante el transcurso de un año a pequeños pasos, cuatro o cinco páginas al día, dedicándome a comprobar todas sus referencias, a tomar gran cantidad de notas y a interactuar con él en profundidad. Ese libro llegó a convertirse en una parte de mí mismo y este volumen se apoya en buena medida en los puntos de vista de Ray Brown. He intentado ofrecerle el adecuado crédito en las notas, pero en ellas no puedo describir adecuadamente la investigación que impregna todo este volumen. Por ello, me limito a reconocer simplemente que los mismos pensamientos que trato de popularizar en este libro encuentran sus principales raíces más en Raymond Brown que en cualquier otra persona. Eso no quiere decir, sin embargo, que esté totalmente de acuerdo con el profesor Brown, como sin duda descubrirá el lector. Valoro el desafío planteado a sus conclusiones por Michael Goulder y otros, pero lo cierto es que me he visto muy enriquecido por él y le debo mucho. En mi opinión, pocos serán los que, entre el público en general, leerán a Raymond Brown; si lo hacen, su uso del hebreo y del griego, y su sistema de abreviaturas (JBAP para Juan el Bautista, por ejemplo) les quitarán las ganas. Pero si mis lectores sienten estimulado su apetito por el maestro, me alegro de dirigirlos hacia el libro de Raymond Brown, que es, en mi opinión, la obra clásica y maestra sobre el tema.


La segunda persona con la que he contraído una profunda deuda es Jane Schaberg, profesora de religión en la Universidad de Detroit. Compré inmediatamente su libro The Illegitimacy of Jesus, en cuanto lo vi anunciado en el Christian Century. Más tarde, también me sería recomendado por Phyllis Trible, en la facultad del Seminario Unionista, en Nueva York.


La obra de Jane Schaberg arrojó para mí una nueva luz sobre las narraciones de la natividad. Ilustra el enriquecimiento del que puede beneficiarse la Iglesia cuando se empieza a escuchar con cuidado lo que tiene que decir un grupo de personas como las mujeres, antiguamente rechazadas e ignoradas de una forma tan amplia por esa misma iglesia.


¿Cómo escucha una mujer, una teóloga bíblica feminista, las tradiciones de la natividad escritas, narradas e interpretadas históricamente sólo por los hombres? ¿Cómo podemos soslayar los prejuicios patriarcales y masculinos para escuchar, leer e interpretar esta historia de una forma más objetiva? El libro de Jane Schaberg fue para mí mucho más excitante que cualquier misterio con el que haya podido encontrarme. Ella me abrió los ojos a pistas existentes en las Sagradas Escrituras que yo nunca había visto.


Su obra demuestra una brillante investigación y contiene una amplia documentación. Construye su argumentación basándose en un material que, en honor a la verdad, es muy escaso, ya que los prejuicios se encargaron de suprimirlo. Sin embargo, su investigación y sus puntos de vista han logrado que algunas partes de esa historia tengan para mí un sentido que hasta entonces no habían tenido. La tensión que se creó en mí por el diálogo entre Raymond Brown y Jane Schaberg fue muy vigorosa, y se transformó en lo que ofrezco a mis lectores, al encontrar expresión en este libro. Schaberg es, para mí, un maravilloso desafío y correctivo para lo que dice Brown. Ella disfruta de una gran libertad de investigación independiente, mientras que Brown se halla, en mi opinión, mucho más constreñido de lo que él mismo reconoce por el dogmatismo de su tradición católicoromana.


Ella ofrece una perspectiva feminista a esa invención masculina de la virgen María que abre la figura de María a una verdadera humanidad.


No he podido conocer a Jane Schaberg, aunque espero con ilusión el día en que pueda tener ese privilegio. Raymond Brown, al escribir en un Diccionario de interpretación bíblica, tiene el mérito de reconocer que las eruditas bíblicas feministas plantean un desafío a su punto de vista (p. 311). Era lo que cabía esperar, lógicamente, de él.


A lo largo de su estudio, yo sólo iba buscando una cosa: un conocimiento más profundo de Dios en la medida en que ese conocimiento es revelado en Jesús de Nazaret, llamado Cristo por aquellos de nosotros que lo reconocemos como el Señor. Busco a ese Cristo revelador en las páginas de este volumen, a través de las leyendas de su nacimiento, del mismo modo que había intentado encontrarlo en el momento de la Pascua, a través de las narraciones y las leyendas sobre su resurrección. He seguido abiertamente algunas posibilidades asombrosas. He ido mucho más allá del nivel del literalismo bíblico, algo que quienes estén familiarizados con mis escritos reconocerán como un tema habitual. Algunos lectores, al no disponer del bagaje suficiente para comprender la Biblia que tanto atesoran, quizás se sientan asombrados, e incluso ofendidos después de leer mis conclusiones. Es posible que para ellos sea incomprensible cómo puede alguien cultivar las posibilidades que sugiere este libro, sobre todo cuando esa persona se considera cristiana y, lo que es aún más grave, vive en el seno de las estructuras de la Iglesia, como obispo anglicano.


Me apena el hecho de que pueda causar dolor a algunos creyentes sencillos. No lo hago a la ligera. Sin embargo, no puedo creer que la ignorancia bíblica sirva a la larga la causa de Cristo. y, desde mi punto de vista, afirmar que la Biblia constituye en todo su detalle literal la palabra de Dios, libre de todo error, no es más que una ignorancia bíblica.


Hace tiempo decidí que no podía seguir sacrificando la erudición y la verdad para proteger a los débiles y religiosamente inseguros. Yo veo a otro público, al que la Iglesia parece ignorar. Un público compuesto por hombres y mujeres brillantemente educados, que sólo encuentran en la Iglesia un dios demasiado pequeño para que sea para ellos el Dios de la vida, un conocimiento demasiado restringido como para considerarlo convincente, o una superstición demasiado evidente como para llegar a aceptarla con seriedad.


Mis hijas, ahora ya mayores, forman parte de ese público. Desearía que ellas encontraran en la Iglesia cristiana un evangelio que se tomara en serio el mundo de sus propias experiencias, que no tratara de atarles las mentes de ninguna forma, ni antigua ni premoderna, que no tenga miedo de examinar las verdades emergentes procedentes de cualquier fuente, ya sea del mundo de la ciencia o del propio ámbito de la erudición bíblica. Desearía que la Iglesia proclamara un evangelio que tuviera poder contemporáneo, y que adorara a un Dios que no tuviera necesidad de ser protegido mediante el expediente de ocultarlo tras una postura antiintelectual, por temor a que la nueva verdad destruya la fe y la devoción que debemos a ese Dios.


Espero que este libro ilumine las mentes y los corazones de quienes todavía encuentran su hogar espiritual en la Iglesia. Conozco a miles de personas que permanecen en el seno de la Iglesia por costumbre o por esperanza, pero lo hacen a costa de desconectar sus mentes. Más allá del público, sin embargo, espero que este libro invite a los que son miembros de lo que podríamos denominar la asociación de alumnos de la Iglesia a echar un nuevo vistazo, a invertir de nuevo sus vidas en esta institución, que contiene en sí misma la capacidad para desafiar sus propios supuestos y estereotipos, para renovar su propia vida y para modificar su comprensión teológica, tanto de Dios como de la verdad, cuando surgen nuevas ocasiones que nos enseñan nuevos deberes.


Finalmente, espero que este libro anime a los cristianos de todas las confesiones a tomarse la Biblia en serio, a estudiarla en profundidad, a comprometerse de forma importante en su verdad. Me he pasado más de cuarenta años dedicando un poco de tiempo cada día al estudio de la Biblia. Ese libro jamás dejará de asombrarme, pues siempre parece llamarme a descubrir constantemente nuevos y excitantes tesoros en pasajes que he debido de leer cientos de veces y que, sin embargo, no había podido comprender hasta entonces. La única decisión que ha afectado de una forma más espectacular a mi vida como sacerdote y como obispo ha sido mi compromiso de estudiar cada día la Biblia.


Los cristianos fundamentalistas distorsionan la Biblia al tomársela literalmente. Los cristianos liberales también la distorsionan al no tomársela en serio. Si mis años de ordenación han ejercido algún poder e influencia sobre la vida de la Iglesia ello se habrá debido, fundamentalmente, a que, como liberal, he dedicado mi energía intelectual al estudio de la Biblia. Recomiendo esa práctica a la nueva generación de clérigos.


Debo expresar a numerosas personas mi agradecimiento por la ayuda que me han prestado en la preparación de este manuscrito: en primer lugar a mis amigos del Seminario Teológico Unionista, en Nueva York, y muy especialmente al decano académico y rector Milton McC. Gatch; al bibliotecario jefe Richard Spoor, y a Seth E. Kasten, ayudante de investigación de la biblioteca. La biblioteca Burke, del Seminario Unionista, es una maravilla y una verdadera mina de oro, y Seth Kasten es capaz de encontrar cualquier cosa, por muy oscura que sea. Otros cuatro miembros del cuerpo docente de esa institución, Tom Driver, Phyllis Trible, Christopher Morse y Ann Belford Ulanov, fueron especialmente útiles al dirigir mis lecturas; y Barry Ulanov, profesor en la Universidad Barnard, quien tiene la buena suerte de estar casado con Ann, hizo todo lo posible por convencerme de que san Agustín no era, en el fondo de su corazón, un maniqueo denigrador de la carne. Fracasó, pero debo admitir que se mostró brillante en su intento.


En segundo lugar, reconozco la deuda contraída con la gente del seminario protestante de Yale, y especialmente con sus antiguos decanos Leander Keck y James Annand. David Parachini, ayudante del decano en Berkeley (el complemento episcopaliano en Yale); John Bollier, bibliotecario de obras de referencia; Suzanne Estelle-Holmer, bibliotecaria de circulación, y los ayudantes bibliotecarios Mark Jessiman, Mark Myers, Leslie Afford y Dineen Dowling, satisfacieron muy bien mis necesidades.


En tercer lugar, el seminario protestante de Harvard, y muy especialmente su biblioteca, fueron para mí otra fuente especial de recursos. Expreso mi aprecio por el decano Ronald Theiman, el capellán Krister Stendahl y el profesor Gordon Kaufman, que fueron particularmente atentos. También debo expresar mi agradecimiento al decano Otis Charles y a los estudiantes del seminario protestante episcopaliano del consorcio de Harvard, que me acogieron calurosamente.


También doy las gracias al doctor Jeffrey John, decano de la capilla de la facultad Magdalen, Oxford, al reverendo Peter Eaton, capellán de esa facultad, y al reverendo doctor Stephen Tucker, decano de la capilla del New College, Oxford, por su excelente acogida y asistencia durante mi estancia en esa gran universidad como académico visitante y conferenciante invitado. Me siento especialmente agradecido con ellos por el hecho de que me introdujeran a la obra de Michael Goulder sobre Lucas, así como por el más absoluto profesionalismo del personal de la biblioteca Bodleiana, en Oxford.


En cuanto a los clérigos y fieles de la diócesis de Newark, les expreso mi gratitud cada vez más profunda por su apoyo, que me ha permitido desarrollar, durante los largos años en que he sido su obispo, una seria carrera académica episcopal. Una gran parte de este libro llegó primero al público en forma de conferencias en nuestra serie de conferencias «Nuevas dimensiones», pronunciadas en la diócesis de Newark, que tuvieron lugar en la iglesia de Cristo, en Short Hills, dirigida por el reverendo David Ernest, párroco, con sus ayudantes, los reverendos Phillip Kasey y Polly Kasey; la iglesia de la Epifanía, en Orange, con su párroco, el reverendo Canon Gervais Clarke, y en la iglesia de San Pablo, con su párroco, el reverendo doctor Franklin Vilas.


La naturaleza de mi vida como obispo de Newark ha significado que mis investigaciones teológicas alcanzaran notoriedad pública, aun cuando sólo estuviera hablando con mi familia diocesana oficial.


He insistido, consciente y deliberadamente, en exponer en público mi pensamiento teológico y ético.


Es la única forma que conozco de sacar a la fe cristiana del gueto religioso en el que se haya confinada. Pero hacerlo así representa una actitud costosa para un obispo. Eso me ha convertido en un enviado de Dios para algunos, y en una fuente de angustia para otros. También me ha hecho ser consciente de que este estilo de liderazgo exige de una diócesis el empleo de grandes cantidades de energía. Tanto los clérigos como los fieles de la diócesis de Newark me han aportado ese don, así como su amor y su ánimo, en una medida abundante. Pero todavía más importante para mí y para la diócesis ha sido el don de su más honesta interacción. El acuerdo teológico nunca ha sido una virtud que haya buscado con especial ahínco. La honestidad teológica, el planteamiento de ideas rivales, la buena voluntad para buscar la verdad en el diálogo, ésas han sido las virtudes que me son más queridas, y aquéllas cuya gran abundancia caracterizan la vida de la diócesis de Newark. Me siento orgulloso por ello y, de hecho, lo considero como mi mayor contribución episcopal.


También deseo expresar mi agradecimiento a los miembros de la iglesia Presbiteriana Trinitaria de Charlotte, Carolina del Norte, y a su pastor, el doctor Louis Patrick, entre quienes puse a prueba este material en dos ocasiones, como líder de su conferencia anual en el centro de retiro situado en Montreal, Carolina del Norte. Gracias a su interacción se clarificaron muchos de los puntos expuestos en este volumen. La oportunidad de enseñar entre los presbiterianos se la debo a mi madre, que es presbiteriana.


La iglesia comunal de Point O'Woods, Nueva York, y los clérigos de la diócesis de El Camino Real, en California, también me permitieron poner a prueba este material. Por esas oportunidades, debo expresar mi agradecimiento a John H. McCain, de Point O'Woods, y al reverendo Richard L. Shimpfky, obispo de El Camino Real.


También agradezco su colaboración a mi personal, y en primer lugar a Wanda Hollenbeck, que dirige el despacho obispal, y ha facilitado de forma muy notable mi carrera como escritor durante los últimos ocho años. Wanda posee una gran sensibilidad, competencia e integridad, hasta el punto de que las palabras no pueden expresar la importancia que ella tiene para mí. Será suficiente con decir que desempeña ese puesto con un enorme talento y habilidad profesional. Éste será el quinto libro que me ha ayudado a producir. También quisiera darle las gracias a su esposo, Richard, por su decisión profesional infinitamente sabia que le indujo, a él y a su esposa, a trasladarse a West Orange, New Jersey, convirtiéndose así en una parte muy importante de mi vida.


Los demás miembros de mi personal comparten conmigo las responsabilidades de la oficina episcopal. Se trata del obispo sufragáneo Jack M. McKelvey, el ayudante obispal Walter C. Righter, y nuestros tres ejecutivos laicos, John G. Zinn en las finanzas, Michael P. Francaviglia en la administración, y Karen K. Lindley en comunicaciones y programa. Desearía demostrar a la Iglesia, en general, que el despacho del obispo es de carácter corporativo, no singular, y que cada una de estas personas participa de forma importante en esa corporatividad. En los acontecimientos litúrgicos de la diócesis lo simbolizo así haciendo colocar a los miembros de mi personal más allegado tras el báculo pastoral en las procesiones eclesiales tras el que, tradicionalmente, sólo camina el obispo. Algunas personas creen que se trata de un procedimiento litúrgico extraño y quizás incorrecto. A mí, en cambio, me parece un poderoso símbolo de la verdad de acuerdo con la cual trato de vivir mi vida como obispo.


Entre las demás personas que trabajan en la casa diocesana y que comparten nuestra vida corporativa se encuentran: Cecil Broner, Rupert Cole, Annemarie Cole, Gail Deckenbach, Yowanda Herring. Robert Lanterman, Karla Lerman, Barbara Lescota, Ginny Maiella, Pat McGuire, Brad Moor, William Quinlan, Joyce Riley, Lucy Sprague, Elizabeth Stone, Phillip Storm y Theresa Wilder. A todos ellos les expreso mi más profunda gratitud.


Finalmente, saludo aquí a mi familia más inmediata: mi maravillosa esposa, Christine, que hace santo y feliz cada uno de mis días; a mis hijas que están en Richmond, Virginia: Ellen y Katharine, y a sus respectivos esposos, Gus Epps y Jack Catlett; a mi hija Jaquelin, que está en California, y a su esposo, Todd Hylton; a mis dos nietos, a quienes dedico este libro; a mi hijastro Brian Barney, que estudia en la Universidad de Vermont, y a mi hijastra Rachel Barney, que estudia en la escuela de ingeniería de la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York. Uno de los grandes privilegios de la vida consiste en disfrutar de la asociación y el amor de los miembros de la familia, tanto íntima como en su sentido más amplio. En ese aspecto, me considero un hombre privilegiado.


John Shelby SPONG


Newark, New Jersey, 1992



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Publicado el 21 marzo 2010 - 10:47

John Shelby SPONG

Jesús, hijo de mujer

  

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1

Escapar del literalismo bíblico

Durante la mayor parte de los dos mil años de historia transcurridos desde el nacimiento de nuestro Señor, la Iglesia cristiana ha participado en la opresión de las mujeres y la ha apoyado. Esa opresión ha sido tanto abierta como encubierta, consciente e inconsciente. Ha surgido fundamentalmente a través de la habilidad de la Iglesia para definir a una mujer en el nombre de Dios, y para atenerse a esa definición. Eso se ha fundamentado en una comprensión literal de las Sagradas Escrituras, consideradas como la palabra infalible de Dios y producidas en una era patriarcal.

La jerarquía eclesial masculina ha vinculado tan profunda y poco críticamente el patriarcado y Dios al género, que los hombres han comprendido muy poco en qué medida se ha utilizado esta alianza en detrimento de todas las mujeres. En un sentido único e intrigante, las partes de la Biblia que más han fomentado esta actitud negativa han sido las narraciones de Mateo y Lucas sobre la natividad del Señor. Esas historias contribuyeron en una medida mucho mayor de la que suele admitirse al desarrollo del estereotipo eclesial sobre la mujer ideal, en comparación con el cual se juzga a todas las mujeres. El poder que tienen esas narraciones sobre las mujeres radica en sus ilusiones sutiles y en su imaginería romántica. Se pueden descubrir y descartar con rapidez aquellos pasajes bíblicos que contienen prejuicios evidentes contra las mujeres. Pero las definiciones sutiles e inconscientes y las pautas tradicionales no desafiadas se resisten a una supresión tan sencilla. Así es como, a través de estos pasajes de las Sagradas Escrituras, la imagen de una mujer conocida como «la virgen» ha encontrado una vía de entrada hacia el corazón de la historia cristiana y, a partir de esa posición, ha ejercido una influencia considerable.

Cada año, durante la Navidad, se la saca de la iglesia y se la coloca en una posición de honor público durante aproximadamente dos semanas. Se la viste de color azul pálido, se la representa con una actitud recatada, con los ojos bajos, y se la define con términos de pureza virginal. En la historia occidental, ninguna otra figura femenina rivaliza con ella en cuanto al establecimiento de normas estándar. Puesto que se la conoce como «la virgen», ha contribuido de modo importante a esa pauta peculiarmente cristiana de ver a las mujeres, sobre todo, en términos de función sexual. Las mujeres pueden negar su sexualidad convirtiéndose en monjas vírgenes, o bien pueden satisfacerla convirtiéndose en madres prolíficas. Pero, en ambos casos, no se las define primero como personas y luego como seres sexuales, sino primero y principal como seres femeninos cuya sexualidad determina su identidad.

Desde mi punto de vista, eso significa que la Biblia tomada al pie de la letra, en general, y las narraciones de la natividad, en particular, que enfocan la atención sobre la persona de la virgen, son culpables de aumentar e instigar el prejuicio sexista que continúa existiendo y distorsionando la vida de las mujeres, incluso en una época tan tardía de la historia como estos últimos años del siglo XX.

12 Deseo desafiar pública y vigorosamente esta visión tanto de la Biblia y de la tradición de la virgen, como de las imágenes sexuales que se congregan alrededor de las historias de la natividad de Jesús. Pero deseo hacerlo específicamente como cristiano, y como alguien que aprecia las Escrituras como un verdadero tesoro. Esa tarea representa para mí la voluntad de caminar sobre el filo de la navaja de la fe. Tengo la intención de utilizar la Biblia como aliado en el esfuerzo por terminar con la opresión de las mujeres. También tengo la intención de celebrar cada año la Navidad utilizando las lecturas y símbolos tradicionales de ese período, aunque trataré de liberar esa tradición del nacimiento de todo su literalismo destructor.

No creo que María fuera literalmente una virgen, en ningún sentido biológico. No creo que a los hombres y mujeres contemporáneos se les pueda presentar con credibilidad a alguien a quien se conoce como una madre virgen, calificándola como una mujer ideal. No creo que la historia de la virginidad de María haya realzado la imagen de la madre de Jesús. Antes al contrario, estoy convencido de que la historia ha desvirtuado la humanidad de María, y se ha convertido en un arma en manos de aquellos cuyos prejuicios patriarcales distorsionan la humanidad de todos, en general, y de las mujeres en particular. Pero antes de examinar específicamente las narraciones de la natividad, será necesario contemplar brevemente la Biblia como un todo.

Me extraña mucho que, teniendo en cuenta la revolución que se ha producido en al ámbito de los conocimientos durante los últimos seiscientos años, todavía pueda haber alguien capaz de considerar la Biblia como la palabra dictada por Dios, eterna y sin error. Lo cierto, sin embargo, es que esa afirmación sigue haciéndose con un poder efectivo y que todavía encuentra un campo fértil en los corazones de muchos que se consideran como simples creyentes. Es a ese público al que los evangelistas de la televisión dirigen su llamada. Estos «predicadores electrónicos de la palabra» ofrecen a sus legiones de seguidores una seguridad bíblica, una certidumbre en la fe, e incluso una superioridad en cuanto a su propio sentido de la salvación. Quienes les apoyan ofrecen a su vez a los evangelistas un séquito capaz de transformarse en poder político y en enormes recursos financieros. Pero la historia ha puesto de manifiesto que ni el poder político ni los recursos financieros se utilizan de una forma responsable.

En años recientes se me ha ofrecido la oportunidad de participar en debates televisados sobre la Biblia con dos de los evangelistas más conocidos de Estados Unidos.1 Yo represento para ellos algo así como un estudio interesante, pues me desarrollé como fundamentalista bíblico y tuve la satisfacción de convertir la Biblia en una parte de mi ser. Desde que tenía doce años, cada día he leído algo de ese maravilloso libro. El notable detalle biográfico de mi viaje espiritual consistió en que, aun cuando dejé de ser fundamentalista, no dejé por ello de amar la Biblia, que continúa siendo el foco fundamental de mi estudio. En consecuencia, soy un fenómeno extraño, al menos en los ámbitos cristianos de Estados Unidos. Se me conoce como un teólogo liberal. Y, sin embargo, me atrevo a considerarme como un creyente de la Biblia, como un cristiano basado en la Biblia. Para muchos, tal combinación es una contradicción intrínseca.

Cuando oigo a un personaje público sugerir que la Biblia significa lo que dice con exactitud literal, me extraño tanto que tengo que hacer un esfuerzo por recordar que ya han transcurrido siete décadas desde el famoso juicio del señor Scopes, en Tennessee. Aquel juicio no sólo captó la atención del país, sino que también encontró culpable a un joven profesor de ciencia de la escuela superior por exponer el tema de la evolución en su clase, en abierto desafío a la verdad de las

1 Jerry Falwell en ABC-TV, y John Ankerberg en una emisora nacional de televisión por cable.

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Sagradas Escrituras. Y, en la década de los años veinte, esa actividad se consideraba un delito en Tennessee. En el juicio, Clarence Darrow se mostró brillante a la hora de interrogar a William Jennings Bryan, y redujo a su oponente a una ineptitud de charlatán al plantearle preguntas bíblicas como: «¿De dónde obtuvo Caín a su esposa?», y: «¿Fue realmente posible para un ser humano llamado Jonás el vivir durante tres días y tres noches en el vientre de una ballena?».

A pesar de todo, el jurado declaró culpable al profesor de escuela superior, pues el compromiso con el literalismo bíblico constituía una parte mucho más profundamente arraigada del sistema de seguridad de la época que el compromiso con la verdad. La conclusión a la que llegó el jurado fue tan estrafalaria que hizo entrar en el folklore estadounidense a los señores Scopes, Darrow y Bryan.

No obstante, y por muy extraño que parezca, continúa presentándose en la actualidad esta misma clase de literalismo bíblico, alimentado con regularidad por ese sistema de comunicación de masas llamado televisión. Ese poder electrónico nos permite asegurar que la ignorancia religiosa continuará existiendo durante algún tiempo más. Por otro lado, garantiza que ese nivel de ignorancia seguirá definiendo muchas de las preguntas y de los temas religiosos de nuestro tiempo, hasta que se llegue, por lo que me temo, a la pérdida definitiva de credibilidad por parte de todos los sistemas religiosos. Como consecuencia directa de esa actividad, un número creciente de personas educadas de nuestro mundo quedarán convencidas de que la religión organizada apenas es poco más que un sistema histérico y supersticioso, sin habilidad alguna para despertar su respuesta o lealtad. Quienes traten de ser ciudadanos de este siglo, al mismo tiempo que cristianos creyentes, serán una minoría cada vez más reducida y, a veces, casi invisible.

Resulta bastante fácil descartar el fundamentalismo bíblico por motivos intelectuales.2 La Biblia está llena de contradicciones. El mismo Dios, que dice en un lugar: «No matarás» (Éxodo 20, 13), ordena en otro lugar a Saúl: «Castiga a Amalec..., mata hombres y mujeres, niños y lactantes» (1 Samuel 15, 3 y ss.). El Dios que parece abrigar una conciencia universal cuando se le oye decir: «Grande es mi nombre entre las naciones» (Malaquías 1, 11), o «que todo valle sea elevado» (Isa. 40, 4), también se nos presenta regocijado en el momento en que los egipcios se ahogan en el mar Rojo (Éxodo 15), y permite que «se estrelle contra la roca a tus pequeños», refiriéndose a los niños edomitas (Salmos 137, 7-9). Podríamos recopilar con relativa rapidez todo un manuscrito lleno con contradicciones similares.

Al margen de estas anomalías, las pruebas geológicas y astrofísicas también han desafiado con éxito la «verdad» bíblica. Esas pruebas revelan que el planeta Tierra existe desde hace entre cuatro y cinco mil millones de años, y que la vida humana o casi humana cuenta con una antigüedad de entre quinientos mil y dos millones de años. Estos datos comprobables y documentados deberían ser suficientes para dar al traste con la literalización de la historia de la creación en siete días, y del cálculo bíblico del obispo irlandés James Ussher, según el cual la Tierra fue creada en el año 4004 a. de C. Como quiera que el Sol no gira alrededor de la Tierra, tal y como creía Josué, sería bastante difícil ordenar que se detuviera en su viaje a través del cielo. Sin embargo, y según la Biblia, Josué hizo precisamente eso para permitir que Israel ganara su batalla antes de la caída de la noche (Josué 10, 12-13).

2 Para una documentación más amplia, véase el texto de mi libro Rescuing the Bible from Fundamentalism, San Francisco, Harper San Francisco, 1991.

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También podríamos plantear preguntas bastante interesantes en cuanto a lo que sucedió en el sistema digestivo del gran pez cuando Jonás entró entero en ese sistema y permaneció en él durante setenta y dos horas (Jonás 1, 17). Eso le habría creado al pez, por lo menos, un estreñimiento agudo.

¿Se abrieron realmente los sepulcros en el momento de la crucifixión, y la gente muerta desde hacía tiempo resucitó, entró en Jerusalén y se apareció a muchos, tal y como afirma Mateo (Mateo 27, 51- 53)? ¿Se abrieron realmente las aguas del mar Rojo para permitir la huida de Moisés (Éxodo 14, 21 y ss.)? ¿Llovió de veras el maná del cielo sólo durante seis días, para no violar el sabbath cayendo en el séptimo día (Éxodo 16, 5)? ¿Reunió realmente Noé a todos los animales del mundo en aquella diminuta arca, por parejas (Génesis 7, 6-10)? ¿Incluía eso a los canguros, cuya existencia era totalmente desconocida hasta que se descubrió Australia, muchos siglos después? ¿Caminó Jesús sobre las aguas (Marcos 6, 48-49), apaciguó la tormenta (Marcos 4, 37-41) o alimentó a la multitud con cinco panes y dos peces (Juan 6, 1-14)? Al resucitar Jesús, si el sudario y las vendas que lo cubrían permanecieron intactos en el sepulcro, como afirma Juan (Juan 20, 7), ¿debemos suponer que su cuerpo resucitado se hallaba desnudo?

En los círculos académicos ya no se cree en la exactitud histórica de estos textos, a pesar de lo cual siguen disfrutando de una vida vigorosa en los bancos de muchas de nuestras iglesias. De una forma menos evidente, esa actitud fundamentalista continúa impregnando no sólo las filas de las masas que no se detienen a pensar, sino que incluso encuentra expresión en los altos círculos eclesiásticos, tan sofisticados y bien educados.

Nada menos que una persona como el papa Juan Pablo II ha apoyado un documento y una actitud que proclama: «Las mujeres no serán nunca sacerdotes en la Iglesia católica romana porque Jesús no eligió a ninguna mujer como discípulo». Presento esto como un abuso literal de las Sagradas Escrituras. En el orden y las costumbres sociales del siglo primero de nuestra era, resultaba inconcebible tener a una mujer como miembro de un grupo de discípulos de un rabino o maestro itinerante. El papel de la mujer se hallaba circunscrito con demasiada claridad como para atreverse siquiera a imaginar algo así. Aquí, sin embargo, el literalismo bíblico es ecléctico, antes que minucioso. Quizás al obispo de Roma todavía no se le ha ocurrido pensar que Jesús tampoco eligió a ningún discípulo polaco, a pesar de lo cual eso no excluyó del sacerdocio a un muchacho polaco llamado Karol Jozef Wojtyla, que más tarde se convertiría en Juan Pablo II.

Naturalmente, esta actitud con respecto a las mujeres está cambiando en todas partes, incluyendo todas las ramificaciones de la Iglesia cristiana. Incluso aquellas Iglesias que siguen negándose a ordenar a las mujeres les permiten servir como líderes y acólitos laicos y pertenecer a los consejos de gobierno. Nada de eso era posible antes de la segunda guerra mundial. Sin duda alguna, dentro de poco tiempo todas las Iglesias tendrán mujeres pastoras, sacerdotisas y obispas.

Cuando oigo los sermones de Pascua y de la Navidad, percibo una y otra vez un neoliteralismo todavía vibrante, incluso en aquellas Iglesias que se sentirían incómodas si alguien sugiriera que son fundamentalistas. Del mismo modo, los documentos y estudios oficiales, así como las cartas pastorales emitidas por los cuerpos eclesiásticos o grupos de obispos se refuerzan a menudo con apelaciones directas al literalismo de las Escrituras. A un obispo se le citó en la prensa porque afirmó que la homosexualidad se condenaba en siete pasajes específicos de la Biblia, como si, de algún modo, eso garantizara que tuviera que ser así para siempre.3 En la historia occidental, todo aquel movimiento que se haya propuesto terminar con la opresión, en cualquiera de sus formas, ha tenido

3 El reverendo William Wantland, diócesis episcopaliana de Eau Claire.



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que superar la autoridad de la Biblia tomada en su sentido literal. El cristianismo, con sus escrituras intactas, persiguió a los paganos y extendió un maligno antisemitismo, que alimentó muchas cosas, desde las Cruzadas hasta el Holocausto y la destrucción de las sinagogas. Ese don demoniaco del literalismo bíblico continúa afectándonos incluso en la actualidad. Quien cree literalmente en la Biblia sigue viendo a los judíos como pertenecientes a aquel pueblo malvado que mató a Jesús. «iSu sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mateo 27, 25) es un texto que se utiliza con frecuencia para justificar nuestros prejuicios. A los judíos se les llama en la Biblia «sois de vuestro padre el diablo» (Juan 8, 44), y se les define como poseedores de un embotamiento dado por Dios: «ojos para no ver, y oídos para no oír» (Rom. 11, 8). A veces, me estremezco al oír la historia que se lee el Viernes Santo y me doy cuenta, una vez más, de que el uso bíblico que se hace en esa narración de la palabra «judíos» no hará sino seguir alimentando la oscura mancha que ha caído sobre el alma histórica del cristianismo.

Otros prejuicios negadores de la vida se han visto perpetuados a través de la historia como posturas «cristianas» oficiales, fortalecidas por una apelación a la Biblia literal. En esa lista se incluiría el rechazo de los zurdos, como personas anormales, la esclavización y segregación de personas no blancas, consideradas como subhumanos, la violación y asesinato de personas gays o lesbianas, etiquetadas como enfermas o depravadas, la expulsión de los santuarios de la Iglesia, incluyendo el oficio de difuntos, de todos aquellos que hayan cometido suicidio, y el rechazo y excomunión, por ley canónica, de todas aquellas personas divorciadas, independientemente de las circunstancias que hayan conducido al divorcio. Siempre me ha parecido muy extraño que algo considerado como la palabra de Dios se haya convertido una y otra vez en un arma de opresión en la vida de la Iglesia.

Pero eso queda para el juicio de la historia.

Resulta casi gracioso examinar la «moralidad bíblica», como la denominan los literalistas, que no parecen comprender lo inmorales que son, desde nuestro estándar actual, muchas de las actitudes bíblicas. Por ejemplo, según los mitos hebreos más antiguos sobre la creación, la mujer no fue creada a imagen y semejanza de Dios, sino que más bien surgió a la existencia como producto de un pensamiento marginal, para proporcionar al hombre una «ayuda adecuada» (Génesis 2, 20). La mujer era propiedad del hombre. Lot, llamado justo por la Biblia, ofreció a sus hijas vírgenes a la encolerizada multitud de la ciudad de Sodoma (Génesis 19, 8). ¿Quién se atreve a apoyar esa parte de la «moralidad bíblica»? En los Diez mandamientos, la parte fundamental de la ley judía, saludada todavía con ingenuidad como la esencia de la moralidad bíblica, la esposa aparecía tras la casa del hombre y antes del buey, como una posesión que no debía ser codiciada por otro hombre (Éxodo 20, 17). Los moralistas que citan el séptimo mandamiento, que prohíbe el adulterio (Éxodo 20, 14), pasan por alto el hecho de que la poligamia fuera el estilo matrimonial vigente cuando se entregaron los mandamientos. En realidad, trescientos años después de la entrega de la ley en el monte Sinaí, Salomón tenía setecientas esposas y trescientas concubinas, según se afirma en la Biblia (1 Reyes 11, 3). ¿Qué significa «adulterio» cuando un hombre posee mil mujeres? Tomado en su contexto literal, el séptimo mandamiento prohibía a un hombre violar a la mujer que fuera propiedad de otro hombre. Pero una mujer que no fuera propiedad de nadie era harina de otro costal. Eso no parece que sea tan moral como los moralistas intentan hacernos creer. Al margen del ingenuo literalismo de los fundamentalistas, y del más sutil literalismo de un amplio segmento de los líderes de la Iglesia, hay otro nivel de literalismo bíblico, que no ha sido desafiado ni siquiera en los círculos religiosos y académicos. Se trata de la afirmación de que las historias que contiene la Biblia son absolutamente únicas, novedosas y no sincretísticas, o el literalismo que pasa por alto los aspectos universales de todo el folklore religioso. Joseph Campbell, en su conversación



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con Bill Moyers, publicada bajo el título The Power of Myth, sugirió que las personas religiosas deberían estudiar los mitos de otras religiones distintas a la suya porque tienden a literalizar los mitos de sus propios sistemas religiosos. 4

En las mitologías del mundo hay muchas historias que cuentan con partes paralelas y familiares de la tradición cristiana. Las figuras divinas nacen de madres vírgenes, los héroes míticos mueren, resucitan y regresan a los cielos en ascensiones cósmicas. Cuando leemos estas tradiciones en el contexto de los escritos egipcios sagrados, no se nos ocurre literalizar las historias de Isis y Osiris. Sabemos que, en ese caso, nos encontramos ante mitos antiguos. Y, sin embargo, evitamos hacer lo mismo cuando se trata de nuestra propia fe. De hecho, los cristianos recelan y expulsan de su cuerpo a cualquiera que no afirme la total historicidad de la historia cristiana, tachándolo de no creyente, e incluso de herético. La mayoría de los cristianos creyentes no han reconocido todavía en su tradición religiosa la subjetividad del lenguaje, de la historia, de un sistema particular de valores, o de una actitud mental específica.

¿Se puede transmitir el significado de la ascensión de Jesús (Hechos 1), que en su contexto bíblico supuso un universo en tres escalas (una Tierra plana, y un cielo literal por encima del cielo abovedado), a partir de las palabras y formas de pensamiento procedentes de una época que primero congeló esa experiencia en imágenes tan rigurosas y en unos hechos fechados de una forma tan concreta? ¿Puede la gente de la era espacial evitar el llegar a la conclusión de que, aunque Jesús se elevara literalmente de esta Tierra y aunque viajara a la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo) no ha escapado todavía de los límites de nuestra galaxia? ¡El literalismo puede conducirnos a extraños absurdos!

En la visión que se tenía de la genética durante el primer siglo de nuestra era, se suponía que toda la vida del niño se hallaba genéticamente presente en el esperma del hombre, un concepto denominado humuncleosis.5 En consecuencia, las narraciones de la natividad, escritas en esa misma época, sólo tenían que desplazar al hombre para afirmar el origen divino de Jesús, puesto que se tenía el convencimiento de que la mujer no ofrecía nada más que el útero, para que sirviera a modo de incubadora. Tomada literalmente, esa historia no tiene ningún sentido en un mundo que comprende de un modo muy diferente los procesos genéticos, tanto del hombre como de la mujer. Los autores de las narraciones de la natividad no sabían nada sobre óvulos o sobre el modo en que se forman genéticamente los zigotos.

Si en la actualidad se toman al pie de la letra las leyendas de Marcos y Lucas sobre la natividad, se destruye el concepto cristiano de la encarnación, según afirman teólogos tan eminentes como Wolfhart Pannenberg y Emil Brunner.6 Un Jesús que recibe su naturaleza humana de María y su naturaleza divina del Espíritu Santo no puede pasar la prueba de ser completamente humano y completamente divino. De hecho, no sería ni humano ni divino, según han argumentado tanto Pannenberg como Brunner. Si el punto de vista de ambos fuera correcto, ni el mismo cristianismo podría seguir tomando al pie de la letra la tradición de la natividad de una virgen. A pesar de todo, hace pocos años, en el refectorio de uno de los seminarios protestantes más destacados de Estados

4 Joseph Campbell con Bill Moyers, The Power of Myth, Garden City, NY, Doubleday, 1988, capítulo 1.

5 Marina Warner, Alone of All Her Sex, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1976. En la página 38, Warner cita a Tertuliano, que murió hacia el año 230, diciendo: «Todo el fruto está presente en el semen», Tertuliano, Apología 9, 8.

6 Wolfhart Pannenberg, Jesus, God and Man, Filadelfia, Westminster, 1978, pp. 141-150. Emil Brunner, The Christian Doctrine of Creation and Redemption, Dogmatics, vol. 2, Filadelfia, Westminster, 1952, pp. 352 y ss.





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Unidos, los estudiantes con los que hablé seguían tomándose la historia de la virgen al pie de la letra y, lo que quizás sea más terrible, citaban a uno de sus profesores para dar mayor fuerza a sus argumentos.

Cuando un obispo episcopaliano me dijo que aceptaba literalmente la historia de la natividad de una virgen porque «si Dios quiso nacer de una virgen, podría haberlo arreglado»,7 o cuando otro dijo: «Si Dios creó ex nihilo, el nacimiento de mujer virgen sería una bagatela»,8 no pude evitar el pensar para mis adentros: «¿Cómo puede la Iglesia sobrevivir en este mundo si existe tanta falta de academicismo entre sus líderes?». En sus declaraciones, esos obispos afirmaban su fe en un Dios que era, de hecho, una persona masculina y manipuladora, capaz de dejar de lado los procesos del mundo para producir un milagro sólo con tal de dar a su presencia divina una empresa humana llamada vida, de la que ese mismo Dios se hallaba claramente separado. Además, con sus palabras revelaron no poseer ningún conocimiento sobre los estudios bíblicos que han arrojado una nueva luz, desde hace por lo menos un siglo, sobre la interpretación de las narraciones relativas al nacimiento de Jesús.

El literalismo se enmascara bajo muchas formas, desde lo descarado, hasta lo sutil y lo inconsciente, pero cualquiera de ellas sigue siendo literalismo y en cada uno de los casos es, en último término, destructivo para la verdad. Como se supone que el poder del cristianismo institucional reside en las afirmaciones literales de un credo establecido hace cuatro siglos, resulta fácil comprender por qué los líderes eclesiásticos continúan aferrándose con tal tenacidad al literalismo bíblico, incluyendo también a aquellos académicos que enseñan a los clérigos del futuro en algunos de los seminarios modernos, y sobre todo en los seminarios de base confesional.

Un mito tomado al pie de la letra es un mito condenado, cuya verdad ya no se puede rescatar. El literalismo ni siquiera constituye una alternativa benigna para los cristianos contemporáneos. En el mundo moderno no es más que un enemigo de la fe en Jesucristo. Es un sistema de creencias basado en la ignorancia, que actúa como si Dios, el misterio infinito, pudiera definirse con palabras de cualquier ser humano o en las formas de pensamiento de cualquier época en particular. El literalismo representa afirmar que la verdad eterna de Dios ha sido o puede ser captada con los conceptos de la historia humana, limitados por el tiempo. Representa pretender que el conocimiento es finito y que, en consecuencia, ese mismo conocimiento no explota diariamente en infinitas direcciones nuevas.

El fundamentalismo bíblico reduce las opciones religiosas a tragarse los niveles de la verdad propuesta, para llenar a la gente con una certidumbre religiosa que luego sólo puede mantenerse mediante una histeria defensiva y agresiva. Cuando esa certidumbre explota, el fundamentalismo deja al supuesto fundamentalista sin ninguna alternativa, excepto una desesperación sin Dios. Para mí ya han quedado atrás los tiempos en que, en nombre de la tolerancia a las inseguridades religiosas de los demás, estaba dispuesto a permitir que mi Dios fuera definido dentro de un literalismo mortal. Así pues, planteo las siguientes preguntas: ¿qué se necesita para comprender esas dimensiones míticas que llenan nuestra historia religiosa? ¿Se pueden identificar los elementos universales existentes en el mito cristiano? ¿Se les puede desgajar del pensamiento tribal de nuestras mentes limitadas hasta tocar los recovecos más profundos de la vida, las profundidades de la psique humana e incluso el centro místico de Dios? ¿Se pueden tomar en serio, pero no literalmente, las tradiciones

7 Reverendo Maurice Benítez, obispo episcopaliano de Texas.

8 Reverendo William Frey, obispo episcopaliano retirado de Colorado.








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religiosas del cristianismo? ¿Pueden liberarse los cristianos lo suficiente como para explorar las Escrituras sagradas de nuestra historia de fe, sin verse constreñidos por los prejuicios, los puntos de vista y los abismos emocionales de otra época? ¿Puede la Iglesia cristiana, en los albores del siglo XXI, salir de un literalismo del que, si no logra escapar, terminará por convertirse en la causa de su muerte?

Creo que ha llegado el momento de que la Iglesia se lance hacia lo más profundo, para dar a sus fieles el valor de vivir con integridad y de buscar con honestidad la verdad en nuestra historia sagrada. Ha llegado el momento de que la Iglesia reconozca la certidumbre como un vicio, de que aprenda a desecharlo y abrace la incertidumbre como una virtud. Ha llegado el momento de que la Iglesia abandone su actitud neurótica de traficar con un débil sistema de seguridad religiosa tras otro, y permita a sus fieles sentir el viento vigorizador de la inseguridad, para que los cristianos puedan comprender realmente lo que significa caminar por la fe.

¿Puede abandonar la Iglesia sus principios definitorios de una visión personalista, masculina y patriarcal? ¿Podemos escapar de los estereotipos del pasado que definen el género, la orientación sexual y la moralidad sexual de una forma que ha violado siempre a las mujeres, y que ahora se ve cada vez más como algo que nos viola a todos? ¿Puede escapar la Iglesia del hábito de controlar el comportamiento, y pasar a convocar a la gente para que sean los seres santos y completos, tal y como Dios los ha creado?

En este volumen he elegido enfocar la atención específicamente sobre el papel de la Iglesia y de las Escrituras en la opresión de las mujeres. Para destacar ese enfoque en su forma más clara, he concentrado mi estudio en las narraciones sobre la natividad que introducen el primero y el tercer evangelios en nuestro texto bíblico estándar.

Al principio de este capítulo he expuesto mi opinión de que esas narraciones, más que ninguna otra parte de la Biblia, han ejercido una influencia negativa sobre las mujeres, al proporcionar una definición de la feminidad ideal con respecto a la cual debe compararse a toda mujer. En consecuencia, me desplazo por debajo de las palabras de esas narraciones navideñas con las que estamos tan familiarizados. Examino esos textos teniendo en cuenta otras historias similares en tradiciones muy diferentes a la nuestra. Afronto las implicaciones de mi afirmación de que la historia del nacimiento de mujer virgen no es una historia real que haya que tomarse al pie de la letra. Si no hubo nacimiento de mujer virgen, entonces José 9 o cualquier otro hombre fue el padre terrenal de Jesús. Si la paternidad perteneció a otro hombre que no fuera José, debemos plantearnos la cuestión de si esa relación se efectuó con o sin el consentimiento de la madre de Jesús. Examino la posibilidad de que Jesús pudiera haber sido un hijo «ilegítimo», que ahora han planteado las académicas bíblicas feministas, y trato de comprender las implicaciones que tendría esa posibilidad para la teología cristiana. Pregunto por qué la mujer real que estuvo al lado de Jesús en la vida y en la muerte fue sustituida por una mujer irreal y sin sexo en la primitiva historia cristiana. Estoy convencido de que sólo de esta manera podemos afrontar, exponer y borrar la negatividad hacia las mujeres, creada por la Biblia literal, en general, y por las narraciones de la natividad, en particular, tomadas al pie de la letra. En ese proceso, confío en llamar la atención de la Iglesia acerca del alto precio que ha tenido que pagar por el hecho de haber abrazado el fundamentalismo.

9 Para los propósitos de este capítulo acepto el nombre que se da tradicionalmente al esposo de María como José. No obstante, soy consciente de que se está llevando a cabo un debate importante sobre si este nombre tiene alguna exactitud literal.



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Como puerta nueva y prometedora a través de la cual introducirme en esta tarea, presento primero un método, un contexto y un escenario empleados por los autores originales de la Biblia, que afectan a los evangelios en general y a las historias de la natividad en particular. Al cruzar esa puerta, espero poder aportar una nueva opción, más allá de las actuales alternativas estériles que, en opinión de muchos, son las que la Iglesia actual ofrece al mundo; ¿debo ser premoderno y con prejuicios para ser cristiano? ¿O debo abandonar el cristianismo para escapar de mis prejuicios y tomarme en serio mi mundo poscristiano?

Quizás logre abrir los ojos de mis lectores, ayudándoles a comprender que el literalismo, en todas sus formas, puede morir y que, sin embargo, Dios seguirá viviendo. Creo que ese viaje será lo bastante fructífero como para que el lector emplee su tiempo y el creyente corra su riesgo



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