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L. Boff - Maximización versus optimización


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#41 Ge. Pe.

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Publicado el 16 marzo 2008 - 11:11



18 de ENERO, 2008


EL SENTIDO DEL HUMOR Y DE LA FIESTA


Los tiempos no son buenos.

La humanidad está conducida por líderes en su mayoría negativos y mediocres.

Las religiones, casi todas, están enfermas de fundamentalismo, arrogancia y dogmatismo, sin excluir a sectores de la Iglesia Católica Romana, contaminados por el pesimismo cultural del actual Papa.

Así y todo ¿hay todavía lugar para el humor y el sentido de la fiesta? Creo que sí. A pesar de los absurdos existenciales, la mayoría de las personas no deja de confiar en la bondad fundamental de la vida. Se levanta por la mañana, va a trabajar, lucha por su familia, procura vivir con un mínimo de decencia (tan traída y llevada por los políticos) y acepta sacrificios en función de valores que realmente cuentan. ¿Qué se esconde detrás de estos gestos cotidianos? Ahí se afirma de forma prerrefleja e inconsciente: la vida tiene sentido; aceptamos morir, pero ¡es tan buena la vida!, como dijo François Mitterand antes de su morir.

Algunos sociólogos como Peter Berger y Eric Vögelin reiteran en sus reflexiones que el ser humano posee una tendencia inamovible hacia el orden. Dondequiera que aquél aparece, crea rápidamente un acuerdo existencial con órdenes y valores que le garantizan una vida mínimamente humana y pacífica.

Esta bondad intrínseca de la vida es la que hace posible la fiesta y el sentido del humor. A través de la fiesta, ya sea sacra o profana, todas las cosas se reconcilian. Como afirmaba Nietzsche, «festejar es poder decir: que todas las cosas sean bienvenidas». Mediante la fiesta el ser humano rompe el ritmo monótono de lo cotidiano, hace un alto para respirar y vivir la alegría de estar juntos en amistad y la satisfacción de comer y de beber. En la fiesta, el beber y el comer no tienen la finalidad práctica de quitar el hambre o la sed, sino de gozar del encuentro y celebrar la amistad. En la fiesta, el tiempo del reloj no cuenta y al ser humano le es dado, por un momento, vivenciar el tiempo mítico de un mundo reconciliado consigo mismo. Por eso, los enemigos y los desconocidos son ajenos al núcleo de la fiesta, pues esta supone orden y alegría, la bondad de las personas y de las cosas. La música, el baile, la amabilidad y la ropa especial hacen parte del mundo de la fiesta. A través de tales elementos el ser humano trasmite su sí al mundo que lo rodea y la confianza en su armonía esencial.

Esta última confianza da origen al sentido del humor. Tener humor es tener capacidad de percibir la discrepancia entre dos realidades: entre los hechos brutos y el sueño, entre las limitaciones del sistema y el poder de la fantasía creadora. En el humor existe un sentimiento de alivio ante las limitaciones de la existencia y hasta de las propias tragedias. El humor es señal de trascendencia del ser humano que siempre puede ir más allá de cualquier situación en su ser más profundo y libre. Por eso puede sonreír y tener humor por encima de las formas que lo quieren encuadrar, de la violencia con la que se pretende someterlo. Solamente quien es capaz de relativizar las cosas más serias, aunque las asuma dentro de un compromiso efectivo, puede tener buen humor.

El mayor enemigo del humor es el fundamentalista y el dogmático. Nadie ha visto sonreír a un terrorista o a un severo conservador cristiano esbozar una sonrisa. Generalmente son tan tristes que parecen que fueran a su propio entierro. Basta ver sus rostros crispados. No es raro que sean reaccionarios y hasta violentos.

En última instancia, la esencia secreta del humor reside en una actitud religiosa, aunque esté olvidada en el mundo profano, pues el humor ve la insuficiencia de todas las cosas frente a la Realidad Última. El humor y la fiesta revelan que hay siempre una reserva de sentido que todavía nos permite vivir y sonreír.

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#42 Ge. Pe.

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Publicado el 24 marzo 2008 - 11:34




25 de ENERO, 2008



¿ A DÓNDE ESTAMOS HUYENDO ?


Una de las principales características del momento actual es la aceleración del tiempo. El espacio terrestre prácticamente lo hemos conquistado todo, pero el tiempo sigue siendo el gran desafío.

¿Podremos dominarlo?

La carrera contra él se da en todas las esferas, comenzando por el deporte. En cada Olimpiada se busca superar todos los tiempos anteriores, especialmente en la clásica carrera de los cien metros. Los automóviles deben ser cada vez más veloces, los aviones y las naves espaciales tienen que superar la velocidad de la generación anterior. En el agronegocio se utilizan abonos químicos de crecimiento para acortar el tiempo y aumentar el lucro.

Internet es de altísima fluidez y sin cables, pues, para ganar tiempo, todo se hace vía satélite. La aceleración ha alcanzado especialmente a las bolsas. Cuanto más rápidamente se transfieren capitales de un mercado a otro, siguiendo los husos horarios, más se puede ganar. Como nunca antes «tiempo es dinero».

Lógicamente en todo ese proceso hay un elemento liberador, pues el tiempo fue en gran parte vivenciado como una servidumbre. No podemos detenerlo. Por otro lado produce un impacto sobre la naturaleza que tiene sus tempos y sus ciclos. El impacto no es menor sobre las mentes de las personas, que se sienten confundidas, particularmente las de más edad, que pierden los parámetros de orientación y de análisis de lo que está ocurriendo en el mundo y consigo mismas.

¿Vale la pena esta carrera imparable? ¿Hacia donde estamos huyendo?


¡Ay de aquellos que no se adaptan a los tiempos! En términos de trabajo son expulsados del mercado pues sus habilidades han quedado obsoletas. Los que no se actualizan, pierden el ritmo del tiempo, y son considerados precozmente envejecidos o simplemente atrasados. Lo cual puede ocurrir con países enteros que no incorporan los avances de la tecnociencia. Todos están obligados a modernizarse rápidamente y a ser países emergentes.

¿A donde nos llevará esta carrera contra el tiempo? El siempre nos gana pues no podemos congelarlo. Simplemente, pasa despacio, o acelerado, como en los grandes túneles de aceleración de partículas.

Pero es importante considerar que hay tiempos y tempos. El tiempo natural de crecimiento de un árbol gigante puede demorar 50 años. El tiempo tecnológico para derribarlo con la motosierra puede durar sólo 5 minutos. ¿Cuanto tiempo necesitamos para crecer en madurez, en sabiduría y para conquistar el propio corazón? A veces una vida entera de 80 años es demasiado corta. El tiempo interior no obedece al tiempo del reloj. Necesitamos tiempo para trabajar nuestros conflictos interiores, que, a veces, nos obligan a detenernos.

Una reflexión del maestro zen Chuang-Tzu, de hace 2.500 años, nos parece muy inspiradora.

Cuenta que había una persona que se perturbaba tanto al contemplar su sombra y tan malhumorada con sus propias huellas que pensó que era mejor librarse ambas cosas. Utilizó el método de la fuga, tanto de una como de las otras. Se levantó y se puso a correr, pero siempre que ponía su pie en la tierra aparecía la huella, y la sombra lo seguía sin la menor dificultad.

Atribuyó su error a que no estaba corriendo como debía. Entonces se puso a correr velozmente y sin parar… hasta que cayó muerto. Su error, comenta el Maestro, fue no haberse dado cuenta de que sólo con pisar en un lugar sombrío su sombra habría desaparecido, y que si se hubiera quedado quieto, sus huellas ya no le seguirían.

¿No es eso lo que se impone hacer hoy? ¿Hacer una parada?

Ahí está el secreto de la felicidad y de la ansiada paz interior.



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#43 Ge. Pe.

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Publicado el 28 marzo 2008 - 04:46




01 de FEBRERO, 2008


LA FERIA DE LOS MORTALES Y DE LOS INMORTALES


En las columnas sociales de los periódicos aparece con frecuencia la sección de vanidades.

Hay disputa para entrar en el reducto donde están las celebridades, generalmente modelos de la moda o artistas conocidos. Se entablan verdaderas batallas para conquistar un puesto en primera fila y ganar visibilidad. En la época del carnaval, esto llega a su paroxismo. En los palacios de gobierno, los políticos se arriman para estar físicamente más cerca del jefe. Las fotos en las columnas sociales muestran a personas con glamour, aparentemente felices, comiendo, bebiendo y festejando.

Pero basta ojear otras páginas del mismo periódico para ver el otro lado de la realidad: violencia generalizada, enfrentamiento entre policías y pandillas de la droga, asaltos, asesinatos, escándalos políticos que nunca paran, creciente favelizacion de las ciudades y, por último, las amenazas de devastación que pesan sobre todo el Planeta. ¿Cómo combinar estos dos panoramas?

Espontáneamente me viene a la mente el relato del diluvio. Indiferentes a la maldad que se extendía por el mundo, las personas —dicen los textos— «comían y bebían sin darse cuenta de nada, hasta que vino el diluvio que los arrebató a todos».

No es necesario el diluvio. Nos basta la certeza de que todos, también los glamourosos, son mortales. Con el tiempo la belleza se esfuma, los achaques aparecen, el envejecimiento es imparable y, finalmente, todos morimos. Llevamos solamente el bien que hayamos hecho y nada del glamour o de la fama. Es la condición humana, que es importante no olvidar nunca, para no ser frívolos o ridículos.

Otra escena. En función del trabajo de asesoría a grupos populares, encuentro otro paisaje social: personas de las periferias, habitantes de comunidades pobres, llamadas «favelas», gente en gran parte trabajadora y honesta, que se enfrenta día a día a la dura lucha por la supervivencia. Los rostros arrugados, las manos callosas, la mirada decidida muestran las señales de una reñida lucha por la vida. Los glamourosos los ven con cierto desdén, con recelo, todo lo más con pena. Mal recuerdan que son sus semejantes y que son inmortales.

Mirándolos atentamente me viene a la mente una escena del Apocalipsis. Uno de los ancianos pregunta: «Y todos estos, ¿quiénes son y de dónde vienen? Y el Señor respondio: estos son los que vienen de la gran tribulación… el Cordero los apacentará y los conducirá a fuentes de agua viva y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos». A éstos, los de la gran tribulación, aun siendo mortales los veo en su dimensión de inmortales. Pues en cada persona, pero particularmente en éstos, Dios esta naciendo dentro de ellos, haciéndolos sus hijos e hijas y urdiéndoles un destino de inmortalidad.

Si los mirásemos con esta óptica, otra sería nuestra actitud. Daríamos a la verdad una pequeña oportunidad de triunfar sobre nuestros prejuicios. Descubriríamos que todos somos inmortales, también los mortales glamourosos, pues así fuimos hechos y este es el designio del Creador. Jesús no quiso otra cosa sino que nos tratásemos como hermanos y hermanas, y que revelásemos unos a otros a Dios como Padre y Madre.

Cada mañana al levantarnos tenemos que decidir: ¿Queremos comportarnos como mortales o como inmortales? ¿Vivir de la apariencia engañosa o de la realidad pura y simple?

¡Qué monótona y parecida es la vida de las celebridades mortales! ¡Qué diversificada y épica la vida de los simples inmortales!


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#44 Ge. Pe.

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Publicado el 06 abril 2008 - 09:09


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15 de FEBRERO, 2008


LA DIMENSIÓN OLVIDADA: LA VIDA INTERIOR


La vida interior representa, actualmente, una de las dimensiones más olvidadas de la humanidad. Urge rescatarla, pues en ella se encuentra serenidad y el sentimiento sagrado de la dignidad.

En primer lugar, es importante aclarar la palabra interior. Es el reverso de exterior. La vida posee una dimensión exterior. Es nuestra corporalidad. La cultura moderna ha inflacionado la exterioridad a través de todos los medios de comunicación. El mundo de las personas ha sido totalmente divulgado.

Pero existe también lo interior. Generalmente lo interior es aquello que no se ve directamente. Podemos conocer y hasta fascinarnos por el exterior de una persona, por su belleza e inteligencia. Pero para conocerla necesitamos considerar su interior, su corazón, su modo de ser y su visión del mundo. Sólo entonces podemos hacer juicios más adecuados y justos sobre ella.

Interior tiene además el significado de calidad de vida. Así decimos que la vida en el interior del país es más tranquila, más integrada en la comunidad y en la naturaleza, en el fondo con más posibilidad de hacernos felices. Es que la vida en el interior no está sujeta a la lógica de la ciudad, con el ir y venir de las personas, la parafernalia técnica y burocrática, y las amenazas de violencia.

Por último, interior significa la profundidad humana. Este interior, lo profundo, emerge cuando el ser humano se detiene, calla, comienza a mirar dentro de sí y a pensar seriamente. Cuando se plantea cuestiones decisivas como: ¿qué sentido tiene mi vida, todo ese universo de cosas, de aparatos, de trabajos, de sufrimientos, de luchas y de placeres? ¿Hay vida más allá de la vida, siendo que tantos amigos murieron, a veces de forma absurda, en accidentes de automóvil o por una bala perdida? ¿Por qué estoy en este planeta pequeño, tan hermoso, pero tan maltratado?

¿Quién ofrece respuestas? Por lo general son las religiones y las filosofías, pues siempre se ocupan de estas cuestiones. Pero es ilusorio pensar que con asistir a los cultos o con adherir a alguna visión del mundo se garantiza una vida interior. Todo eso importa, pero sólo en la medida en que produce una experiencia de sentido, una conmoción nueva y un cambio vital.

La vida interior no es monopolio de las religiones. Éstas vienen después. La vida interior es una dimensión de lo humano. Por eso es universal. Está en todos los tiempos y en todas las culturas.

Las religiones cumplen su misión cuando suscitan y alimentan la vida interior de sus seguidores, cuando les crean condiciones para hacer el viaje a su interior, rumbo al corazón, donde habita el Misterio. Vida interior supone escuchar las voces y los movimientos que vienen de dentro. Hay un yo profundo, cargado de anhelos, búsquedas y utopías. Hay una exigencia ética que nos invita al bien, no sólo personalmente, para uno mismo, sino también para los otros.

Hay una Presencia que se impone, mayor que nuestra conciencia. Presencia que habla de aquello que realmente cuenta en nuestra vida, de aquello que es decisivo y que no puede ser delegado a nadie. Dios es otro nombre para esta experiencia que satisface nuestra búsqueda insaciable.

Cultivar ese espacio es tener vida interior. El efecto más inmediato de esta vida interior es una energía que permite encarar los problemas cotidianos sin excesivo estrés. Quien posee vida interior irradia una atmósfera benéfica y transmite paz a quienes le rodean.

Alimentar la vida interior, como repite siempre Arthur da Távola en su programa de televisión «Quién tiene miedo de la música clásica», es no tener soledad nunca más. La soledad es uno de los mayores enemigos del ser humano, porque lo desenraíza de la conexión universal. La vida interior lo religa al Todo del cual es parte.



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#45 Ge. Pe.

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Publicado el 12 abril 2008 - 08:36



22 de FEBRERO, 2008


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SERES DE LUZ




La luz es uno de los mayores misterios del universo. Solamente entendiéndola a la vez como partícula material y como onda energética podemos tener una comprensión más o menos adecuada de ella. Hoy sabemos que todos los seres vivos emiten luz, biofotones, a partir del ADN de las células. Por eso todos irradian cierta aura.

No sin razón la luz y el sol se han convertido en símbolos poderosos de todo lo que es positivo y vital. Especialmente el sol radiante es visto como el gran arquetipo del héroe y del luchador que vence las tinieblas con los monstruos que eventualmente se esconden en ellas. Su aparición cada mañana no es una repetición, sino una novedad cada vez, pues siempre es diferente. Es un teatro cósmico que comienza da cappo, como si Dios dijese al sol cada mañana: «Vamos, ¡hazlo otra vez! ¡Vuelve a nacer! Irradia tu luz sobre todos y en todas direcciones».

En la mayor parte de los pueblos existía el temor de que el sol tal vez pudiese ser tragado por las tinieblas y no volviera a nacer y a iluminar la Tierra y a cada uno de nosotros. Se crearon rituales y fiestas que celebraban la victoria del Sol sobre las tinieblas. Así, la fiesta romana del Sol Invictus, del «Sol Invencible», que posteriormente dio origen a la navidad cristiana, la fiesta del nacimiento de Dios encarnado, llamado «el Sol de Justicia». Las fiestas juninas con sus hogueras tienen tras ellas la experiencia del sol, pues se inaugura el solsticio (de invierno en el hemisferio Sur, de verano en el Norte).

Se tenía y se tiene todavía hoy la experiencia emocionante de que el Sol, con sus rayos de luz, nace como si fuera un niño. A medida que sube en el firmamento va creciendo como un adolescente hasta llegar a la edad adulta al mediodía. Por la tarde va languideciendo hasta envejecer y morir tras la línea del horizonte. Pero, pasada la noche, vuelve a nacer, limpio, brillante, sonriente como un niño. ¿Cómo no celebrarlo festivamente? ¿Cómo no entenderlo como señal de la Realidad origen de todas las cosas?

De hecho, es una imagen poderosa de Dios, como lo cantó san Francisco en su «Cántico al Hermano Sol». Ninguna metáfora de la divinidad es más poderosa que la de la luz y la del Sol. La experiencia misma de la luz hizo surgir la palabra Dios. Ésta deriva de la palabra di del sánscrito, que significa brillar e iluminar. De di viene «día» y «Dios», como expresión de una experiencia de luz y de iluminación. Como dice san Juan: «Dios es luz» (1Jn 1,5). Como dice san Pablo, «Él habita en una luz inaccesible» (1Tim 6,16).

Jesús se autopresenta como luz: «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no ande en las tinieblas» (Jn 12,46). El Verbo encarnado es «vida y luz de los seres humanos», «luz verdadera que ilumina a toda persona que viene a este mundo» (Jn 1.4.9 ). Con razón es presentado por eso como «la luz del mundo» (Jn 9,5). Los que siguen a Cristo como luz deben vivir «como hijos de la luz» (Ef 5,8 ). Y «el fruto de la luz es todo lo que es bueno, justo y verdadero» (Ef 5,9 ). Más aún, cada seguidor debe ser también «luz del mundo» (Mt 5,14).

Como tan bien reza la liturgia de los funerales: «Que las almas de los fieles difuntos no caigan en las tinieblas, sino que el arcángel San Miguel las conduzca a la luz santa. Y brille sobre ellos la luz perpetua».

Todos nosotros somos seres de luz. Fuimos formados originalmente en el corazón de las grandes estrellas rojas, hace miles de millones de años. Llevamos luz dentro de nosotros, en el cuerpo, en el corazón y en la mente. Sobre todo, la luz de la mente nos permite comprender los procesos de la naturaleza y penetrar en lo íntimo de las personas, hasta en el misterio luminoso de Dios.




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#46 Ge. Pe.

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Publicado el 20 abril 2008 - 09:22



29 de FEBRERO, 2008



EL RESCATE DE LA UTOPÍA



En el desamparo en que se encuentra la humanidad actual se hace urgente rescatar el sentido libertador de la utopía. En verdad, vivimos en el ojo de una crisis de civilización de proporciones planetarias. Toda crisis ofrece oportunidades de transformación y riesgos de fracaso. En la crisis se mezclan miedo y esperanza, especialmente ahora que estamos ya dentro del proceso de calentamiento planetario. Necesitamos esperanza. Ella se expresa en el lenguaje de las utopías. Éstas, por su naturaleza, nunca van a realizarse totalmente, pero nos mantienen caminando. Bien dijo el irlandés Oscar Wilde: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser observado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad siempre atraca, partiendo enseguida hacia otra tierra aún mejor». En Brasil, el poeta Mário Quintana observó acertadamente: «Si las cosas son inalcanzables… ¡oye!/No es motivo para no quererlas/¡Que tristes los caminos si no fuera/la mágica presencia de las estrellas!».

La utopía no se opone a la realidad, mas bien pertenece a ella, porque ésta no está hecha solamente de aquello que es, sino de lo que todavía es potencial y que un día puede ser. La utopía nace de este trasfondo de virtualidades presentes en la historia y en cada persona. El filósofo Ernst Bloch acuñó la expresión principio-esperanza. Por principio-esperanza, que es más que la virtud de la esperanza, él entiende el inagotable potencial de la existencia humana y de la historia, que permite decir no a cualquier realidad concreta,a las limitaciones espacio-temporales, a los modelos políticos y a las barreras que cercenan el vivir, el saber, el querer y el amar.

El ser humano dice no porque primero dijo si: sí a la vida, al sentido, a los sueños y a la plenitud ansiada. Aunque de manera realista no entrevea la plenitud total en el horizonte de las concretizaciones históricas, no por eso deja de anhelarla con una esperanza que jamás se apaga. Job, casi a las puertas de la muerte, podía gritar a Dios: «aunque me mates, aun así espero en Ti». El paraíso terrenal narrado en Génesis 2-3 es un texto de esperanza. No se trata del relato de un pasado perdido que añoramos, es más bien una promesa, una esperanza de futuro hacia cuyo encuentro caminamos. Como comentaba Bloch: «el verdadero Génesis no está al principio sino al final». Sólo al término del proceso evolutivo serán verdaderas las palabras de las Escrituras: «Y vio Dios que todo era bueno». Mientras evolucionamos no todo es bueno, sólo es perfectible.

Lo esencial del Cristianismo no reside en afirmar la encarnación de Dios −otras religiones también lo hicieron−, sino en afirmar que la utopía (aquello que no tiene lugar) se volvió eutopía (un lugar bueno). Hubo alguien en cuya muerte no sólo fue vencida la muerte, lo que todavía sería todavía poco, sino en quien irrumpieron interior y exteriormente todas las virtualidades escondidas en el ser humano. Jesús es el «novísimo Adán», en expresión de san Pablo, el homo absconditus ahora revelado. Pero él es sólo el primero entre muchos hermanos y hermanas; nosotros le seguiremos, completa san Pablo.

Anunciar tal esperanza en el actual contexto sombrío del mundo no es irrelevante. Transforma la eventual tragedia de la Tierra y de la Humanidad, debida a amenazas sociales y ecológicas, en una crisis purificadora. Vamos a hacer una travesía peligrosa, pero la vida estará garantizada y el Planeta todavía se regenerará.

Los grupos portadores de sentido, las religiones y las Iglesias cristianas deben proclamar desde lo alto de los tejados semejante esperanza. La hierba no creció sobre la sepultura de Jesús. A partir de la crisis del viernes de la crucifixión la vida triunfó. Por eso la tragedia no puede tener la última palabra. La tiene la vida, en su esplendor solar.



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#47 Ge. Pe.

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Publicado el 26 abril 2008 - 12:10





07 de MARZO, 2008


EL PROCESO DE LA VIDA Y EL ABORTO



Hace tiempo se me hicieron estas preguntas. Recojo aquí su respuesta.


1.- ¿Cómo definiría usted el concepto «vida»?


R/ El tema «vida» es objeto de muchos estudios, especialmente a partir de la nueva biología, de la teoría del caos y de las ciencias de la complejidad. La visión darwiniana que estudiaba la vida solamente a partir de los organismos vivos y de la biosfera se ha superado. Hoy se trata de incluir en la discusión sobre la vida todos sus presupuestos cósmicos, físicoquímicos, la consideración cuántica de los campos y redes de energía sin los cuales no se entiende la vida. Como dice Stephen Hawking en su libro Brevísima historia del tiempo: «todo en el universo necesitó un ajuste muy fino para hacer posible el desarrollo de la vida. Por ejemplo, si la carga eléctrica del electrón hubiese sido sólo ligeramente diferente, habría alterado el equilibrio de las fuerzas electromagnética y gravitacional en las estrellas y, o habrían sido incapaces de quemar el hidrógeno y el helio, o no habrían explotado. De una u otra forma, la vida no podría existir» (Ediouro Publicações, Rio de Janeiro 2005, p. 121; en castellano, Crítica 2005).

La tendencia actual de la investigación es ver la vida como una expresión de todo el proceso evolutivo. Al alcanzar cierto grado de complejidad y estando lejos del equilibrio (cierto nivel de desorden en un orden dado), emerge la vida como autoorganización de la materia. Siempre que ocurre eso, en cualquier parte del universo, la vida eclosiona como un imperativo cósmico. Es la tesis central de Christian de Duve, premio Nóbel de biología, en su famoso libro Polvo Vital (Norma 1999). La vida humana es entendida como un subcapítulo del capítulo de la vida.

Para entender la vida se debe, pues, observar todo el proceso evolutivo con las condiciones previas que hace tiempo posibilitaron y posibilitan todavía hoy la aparición de la vida. Esto no define la vida, sólo intenta explicar cómo surgió. Ella misma es algo misterioso hasta para los propios científicos.


2. - Cuando se habla sobre el comienzo de la vida, la Iglesia Católica afirma que la vida comienza en el momento de la concepción, en el que óvulo y espermatozoide se encuentran. Siendo así, las mujeres que optan por realizar un aborto son acusadas de haber cometido un atentado contra una vida en potencia. ¿Cómo valorar la definición de la vida desde la perspectiva del embrión o feto y desde la de la mujer?

R/ Si insertamos la vida en el proceso global de la evolución no nos podemos contentar con la visión asumida oficialmente por la Iglesia en los días actuales. En la Edad Media no era así, pues para Tomás de Aquino la humanización solamente comenzaba 40 días después de la concepción.

La Iglesia, a efectos de su ética interna, puede establecer el momento de la concepción de la vida humana; pero deber ser consciente de que está entrando en un campo en el cual no tiene competencia específica, el campo de la ciencia. Si entendemos la vida como un proceso cósmico que culmina en la fecundación del óvulo, debemos entonces cuidar de todos los procesos necesarios para la emergencia de la vida, como son la infraestructura ambiental y social. Todo lo que concurre para el surgimiento de la vida debe ser objeto del cuidado de todos. Todos los seres, especialmente los vivos, son interdependientes. No se puede pensar la vida humana fuera del contexto mayor de la vida en general, de la biosfera y de las condiciones ecológicas que sostienen todo el proceso completo. Tales conocimientos raramente son evocados en el debate actual.

Además debemos entender la vida humana como un proceso. Nunca está terminada. El código genético, que conoce varias fases, se va desarrollando lentamente, hasta que el ser concebido adquiere una relativa autonomía.

Incluso después de nacidos no estamos todavía terminados, pues no tenemos ningún órgano especializado que asegure nuestra supervivencia. Necesitamos del cuidado de los otros, del trabajo sobre la naturaleza para garantizar nuestra supervivencia. Estamos siempre en génesis.

Todo este proceso es humano, pero puede ser interrumpido en una de sus fases. Esto quiere decir que se produce la interrupción de un proceso que tendía a la plenitud humana, pero que no llegó a término.

El aborto puede ser situado en este marco.

Debemos proteger el proceso lo más posible, pero debemos también entender que puede ser interrumpido por razones aleatorias o por decisión humana. Ésta no está exenta de responsabilidad ética, pero debe tener en cuenta el carácter procesual de la constitución de la vida hasta alcanzar su autonomía. No es una agresión al ser humano propiamente dicho, sino al proceso tendiente a formar un ser humano.

[Traducción de mjg]



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#48 Ge. Pe.

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14 de MARZO, 2008


LA CRISIS DEL HIJO DEL HOMBRE



La interpretación teológica de la muerte de Jesús en la cruz, como sacrificio por nuestros pecados, nos hace olvidar demasiado apresuradamente los reales motivos históricos que lo llevaron ante el tribunal religioso y político y finalmente al asesinato en la cruz. Cristo no fue simplemente la dulce y mansa figura de Nazaret. Fue alguien que usó palabras duras, no rehuyó polémicas, y para defender la sacralidad del templo usó también la violencia física. El contexto de su vida, como las investigaciones recientes han mostrado, es común al de los campesinos y artesanos mediterráneos que vivían una resistencia radical pero no violenta contra el desarrollo urbano de Herodes Antipas y el comercialismo rural de Roma, impuesto en la Baja Galilea —tierra de Jesús—, que empobrecía a toda la población. Predicó un mensaje que supuso una crisis radical para la situación política y religiosa de la época. Anunció el Reino de Dios en oposición al reino de César y, en vez de la ley, el amor.

El Reino de Dios presenta dos dimensiones, una política y otra religiosa. La política, se oponía al Reino de César en Roma, que se entendía como hijo de Dios, Dios y Dios de Dios, los mismos títulos que los cristianos atribuirán más tarde a Jesús. Tal atribución a Jesús era intolerable para un judío piadoso y un crimen de lesa majestad para un romano. La otra dimensión, la religiosa, se llamaba apocalíptica y significaba que en medio de las perversidades del mundo se esperaba la intervención de Dios y la inauguración de un Reino de justicia y de paz. Jesús se afilia a esta corriente. Con una diferencia solamente: el Reino es un proceso que apenas ha comenzado y se va se realizando a medida que las personas cambian mentes y corazones. Sólo al término de la historia ocurrirá el gran cambio con un nuevo cielo y una nueva Tierra. Esa eutopía (realidad buena), no la Iglesia, es el proyecto fundamental de Jesús. Él se entiende como aquel que en nombre de Dios va a acelerar semejante proceso.

Esta concepción de Reino puso en crisis a los distintos actores sociales, los publicanos y saduceos, aliados de los romanos, la clase sacerdotal, los guerrilleros zelotas y, principalmente, los fariseos. Estos son los opositores principales del Hijo del Hombre, pues en vez del amor predicaban la rigidez de la ley; en lugar de un Dios bueno, «Papá» (Abba), un Juez severo. Para Jesús, Dios es un Padre con características de madre misericordiosa.

Jesús hace de esta comprensión el centro de su mensaje. Entiende todo poder como mero servicio. Rechaza las jerarquías porque todos somos hermanos y hermanas, sin maestros ni padres.

La crisis que suscitó, llevó a decretar su muerte en la cruz. Jesús entró en una aguda crisis personal, llamada por los estudiosos «crisis de Galilea». Se siente abandonado por sus seguidores, vislumbra en el horizonte una muerte violenta, como la de los profetas. La tentación del monte Getsemaní alcanza el paroxismo: «Padre aparta de mi este cáliz». Pero también el propósito de soportar todo y de llevar su compromiso hasta el fin. En la cruz grita casi desesperado: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Aún entonces continúa llamándole «Dios mío». La Epístola a los Hebreos afirma: «entre clamores y lágrimas suplicó a Aquel que lo podía salvar de la muerte». Versiones críticas antiguas dicen «y no fue atendido… a pesar de ser Hijo de Dios tuvo que aprender a obedecer por medio de sufrimientos» (5,7-8 ).

Su última palabra fue «Padre en tus manos entrego mi espíritu», expresión suprema de una confianza ilimitada. De hecho, Jesús es presentado como el prototipo de hombre que soportó hasta el fin el fracaso de su proyecto de vida, creyendo en un sentido radical incluso dentro del absurdo existencial. La resurrección mostró el acierto de tal actitud. Fue la base para proclamarlo más tarde como Hijo de Dios y Dios encarnado.



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#49 Ge. Pe.

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21 de MARZO, 2008


VIDA MAS ALLÁ DE LA VIDA




Si miramos a nuestro alrededor constatamos que la muerte es la gran señora de todo lo creado e histórico, pues todo está sometido a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. La vida va gastando su capital energético hasta morir. La vida misma es un gran misterio, aunque se la entienda como la autoorganización de la materia lejos de su equilibrio, es decir, en situación de caos. De dentro del caos irrumpe un orden superior que se autorregula y se reproduce: es la vida. Pero esto no explica la vida, solamente describe el proceso de su aparición. La vida sigue siendo misteriosa, como los mismos biólogos y cosmólogos afirman continuamente.

Donde hay vida siempre existe interacción con la materia para ganar energía y se produce reproducción como forma de autoconservación. No obstante, hay un limite insuperable, la muerte, a pesar de que formas inferiores de vida puedan mantenerse vivas durante miles y miles de años. Así, por ejemplo, en la piel de un elefante mamut, congelado en Siberia hace casi diez mil años, se han encontrado bacterias capaces de ser revivificadas. En campos de sal mineral se han encontrado bacterias fijadas vitalmente hace millones de años, que por lo tanto no murieron y que pueden ser reconducidas a las condiciones normales de vida. Hoy en día es común someter bacterias a bajísimas temperaturas y posteriormente, pasados muchos años, reacondicionarlas para la vida. Pero también para ellas llegará el momento de la muerte.

Para el ser humano, la muerte constituye siempre un drama y una angustia. Todo en su ser clama por vida sin fin, pero no por eso puede detener los mecanismos de la muerte que se aproxima inevitablemente. San Pablo gritaba: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» Y respondía: «Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor».

Es sorprendente, pero en esta frase se encuentra la esencia pura del cristianismo. Testimonia éste el hecho mayor de que alguien nos libró de la muerte. En alguien la vida se mostró más fuerte que la muerte e inauguró una sintropía superior. Es el significado principal de la resurrección, como un tipo de vida no amenazada más por la enfermedad ni por la muerte. Por eso la resurrección no puede ser entendida como reanimación de un cadáver a ejemplo de Lázaro, sino como una revolución dentro de la evolución, como un saltar a un tipo de orden vital no sometido ya a la entropía.

Con esto se afirma que la vida mortal se transfigura. En el proceso evolutivo la vida alcanzó tal densidad de realización que la muerte ya no consigue penetrar en ella y hacer su obra devastadora. La angustia milenaria desaparece, se sosiega el corazón, cansado de tanto preguntar por el sentido de la vida mortal. En fin, el futuro se anticipa, se encuentra abierto, con un desenlace feliz, y apunta hacia una vida más allá de este tipo de vida.

Lógicamente éste es el discurso cristiano que supone la ruptura de la fe. Los seguidores de Jesús atestiguaron el sepulcro vacío y la manifestación del «novísimo Adán». Tal suceso generó una ilimitada jovialidad y una inagotable fuente de esperanza hasta hoy día. Si Jesús resucitó, nosotros los humanos, sus hermanos y hermanas, hemos sido alcanzados por esta resonancia morfogenética de otro orden y presenciamos anticipadamente un poco del fin bueno de la creación y de la vida.

Aunque suponga la fe, la creencia en la resurrección constituye un ofrecimiento de sentido para todos los que apuestan por algo que puede ir más allá de esta vida. Por esta razón, la alternativa no es vida o muerte, sino vida o resurrección.


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Publicado el 24 mayo 2008 - 01:12




28 de MARZO, 2008



¿CUÁL SERÁ EL PRÓXIMO PASO?


La situación actual de la Tierra y de la Humanidad nos hace pensar. La aldea global se ha consolidado. Ocupamos prácticamente todo el espacio terrestre y explotamos el capital natural hasta los confines de la materia y de la vida, a través de la razón instrumental-analítica.

La pregunta que se plantea ahora es: ¿cuál será el próximo paso? ¿más de lo mismo? Pero eso es muy arriesgado porque el paradigma actual está asentado sobre el poder como dominación de la naturaleza y de los seres humanos. No debemos olvidar que el ser humano ha creado la máquina de muerte que puede destruirnos a todos y destruir la vida de Gaia. Ese camino parece haberse agotado. Del capital material tenemos que pasar al capital espiritual. El capital material tiene límites y se agota. El espiritual es ilimitado, inagotable. No hay límites para el amor, la compasión, el cuidado, la creatividad, realidades intangibles que configuran el capital espiritual.

Éste ha sido bastante poco explorado por nosotros, pero puede representar la gran alternativa. La centralidad del capital espiritual reside en la vida, la alegría, en la relación inclusiva, en el amor incondicional y en la capacidad de trascendencia. No significa que tengamos que prescindir de la tecnociencia. Sin ella no atenderíamos las necesidades humanas, pero ella ya no destruiría la vida.

Si en el capital material la razón instrumental era su motor, en el capital espiritual es la razón cordial y sensible la que organizará la vida social y la producción. En la razón cordial están radicados los valores; de ella se alimenta la vida espiritual pues produce las obras del espíritu que mencionamos antes: el amor, la solidaridad y la trascendencia.

Si en el tiempo de los dinosaurios hubiera habido un observador hipotético que se hubiera preguntado por el próximo paso de la evolución probablemente habría dicho: la aparición de especies de dinos todavía mayores y más voraces. Pero se habría engañado. Nunca habría podido imaginar que de un pequeño mamífero que vivía en la copa de los árboles más altos, alimentándose de flores y de brotes y temblando de miedo de ser devorado por los dinosaurios irrumpiría, millones de años más tarde, algo absolutamente impensado: un ser de conciencia y de inteligencia −el ser humano− con una cualidad de vida totalmente distinta a la de los dinosaurios.

Fue un paso diferente.

Creemos que ahora, de otro paso, podrá surgir un ser humano marcado por el inagotable capital espiritual inagotable. Ahora será el mundo del ser más que el mundo del tener.

El próximo paso, entonces, sería exactamente éste: descubrir este capital espiritual inagotable y empezar a organizar la vida, la producción, la sociedad y la cotidianidad a partir de él. Entonces la economía estará al servicio de la vida y la vida se empapará de los valores de la alegría y la autorrealización, una verdadera alternativa al paradigma vigente.

Pero este paso no es mecánico. Es voluntario, es decir, es algo que se ofrece a nuestra libertad.

Podemos acogerlo o podemos rechazarlo. No se identifica con ninguna religión Es algo anterior, que emerge de las virtualidades de la evolución consciente. Quien lo acoge vivirá otro sentido de vida, vivenciará también un nuevo futuro. Los otros seguirán sufriendo los impases del actual modo de ser y se preguntarán angustiados por su futuro y hasta por la eventual desaparición de la especie humana.

Estimo que la actual crisis mundial nos abre la posibilidad de un paso nuevo rumbo a este modo de ser más alto. Se dice que Jesús, Francisco de Asís, Gandhi y tantos otros maestros del pasado y del presente habrían dado ya anticipadamente este paso.


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Publicado el 31 mayo 2008 - 06:47




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04 de ABRIL, 2008


¿CUÁNTO CUESTA UNA PUESTA DE SOL?



Un gran empresario estadounidense, estando en Roma, quiso mostrarle a su hijo la belleza de una puesta de sol en las colinas de Castelgandolfo. Antes de situarse en un buen ángulo, el hijo preguntó al padre: «papá, ¿dónde se paga?». Esta pregunta revela la estructura de la sociedad dominante, asentada sobre la economía y el mercado. En ella se paga todo −también una puesta de sol− todo se vende y todo se compra. Según hizo notar ya en 1944 el economista estadounidense Polanyi, en ella se operó la gran transformación al conferir valor económico a todo. Las relaciones humanas se transformaron en transacciones comerciales y todo, realmente todo, desde el sexo a la Santísima Trinidad, se vuelve mercancía y oportunidad de lucro.

Si quisiéramos calificarla diríamos que esta es una sociedad productivista, consumista y materialista. Es productivista porque explota todos los recursos y servicios naturales buscando el lucro y no la conservación de la naturaleza. Es consumista porque si no hay un consumo cada vez mayor tampoco hay producción ni lucro. Es materialista porque su centralidad es producir y consumir cosas materiales y no espirituales como la cooperación y el cuidado. Está más interesada en el crecimiento cuantitativo −cómo ganar más− que en el desarrollo cualitativo –cómo vivir mejor con menos, en armonía con la naturaleza, con equidad social y sostenibilidad socio-ecológica−.

Cabe insistir en lo obvio: no hay dinero que pague una puesta de sol. No se compra en la bolsa la luna llena «que sabe de mi largo caminar». La felicidad, la amistad, la lealtad y el amor no están a la venta en los centros comerciales. ¿Quien puede vivir sin esos intangibles? Aquí no funciona la lógica del interés, sino la de la gratuidad, no la utilidad práctica sino el valor intrínseco de la naturaleza, del cálido paisaje, del cariño entre dos enamorados. En esto reside la felicidad humana.

Alguien tan fuera de sospecha como Daniel Soros, el gran especulador de las bolsas mundiales, confiesa en su libro La crisis del capitalismo global: (1998) «una sociedad basada en transacciones solapa los valores sociales; estos expresan un interés por los demás; presuponen que el individuo pertenece a una comunidad, sea una familia, una tribu, una nación o la humanidad, cuyos intereses tienen preferencia frente a los intereses individuales. Pero una economía de mercado es todo menos una comunidad. Todos deben cuidar de sus propios intereses y maximizar sus lucros con exclusión de cualquier otra consideración».

Una sociedad que decide organizarse sin una ética mínima, altruista y respetuosa de la naturaleza, está trazando el camino de su propia autodestrucción.

No es de extrañar entonces que hayamos llegado adonde hemos llegado, al calentamiento global y a la aterradora devastación de la naturaleza, con amenazas de extinción de amplias porciones de la biosfera y, en último término, hasta de la especie humana

Sospecho que al no romper con el paradigma productivista/consumista/materialista en dirección al cultivo del capital espiritual y al sostenimiento de toda la vida con un sentido de pertenencia mutua entre la tierra y la humanidad, podemos encontrarnos con la oscuridad.

Debemos intentar ser, por lo menos un poco, como la rosa cantada por el poeta místico Angel Silesius: (+1677) «la rosa existe sin un porque: florece por florecer, no se preocupa de sí misma ni pide ser mirada»(aforismo 289). Esa gratuidad es uno de los pilares del nuevo paradigma salvador.



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#52 Ge. Pe.

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Publicado el 14 junio 2008 - 07:47








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11 de ABRIL, 2008


EDUCACIÓN ECOCENTRADA



Hay dos puertas de entrada a la educación y la socialización de la vida humana: la familia y la escuela. De la familia heredamos o no el sentido de la acogida y de la autoconfianza (de la madre), y el sentido de los límites y la percepción de valores éticos (del padre). La escuela, además de transmitir informaciones, se propone el objetivo de crear las condiciones para la formación de personas autónomas, con competencia para plasmar el propio destino y para aprender a convivir como ciudadanos participativos. En esta perspectiva, la educación se centraba en el ser humano y en la sociedad.

Ese propósito correcto es hoy insuficiente. Desde que irrumpió el paradigma ecológico, nos hemos concientizado del hecho de que todos somos ecodependientes. No podemos vivir sin el medio ambiente –con sus ecosistemas– que incluido el ser humano forman el medio ambiente entero. Somos un eslabón de la comunidad biótica. La humanidad no está frente a la naturaleza, ni por encima de ella, como su dueña, sino dentro de ella como parte integrante y esencial. Participamos de una comunidad de intereses con los demás seres vivos que comparten con nosotros la biosfera. El interés común básico es mantener las condiciones para la continuidad de la vida y de la propia Tierra, considerada como un superorganismo vivo, Gaia.

El hecho nuevo, hasta hace poco ausente de la conciencia colectiva de la gran mayoría y también de los científicos, es que todo el sistema de vida corre peligro. Es consecuencia de la civilización productivista/consumista/materialista que ha predominado en los últimos siglos, hoy globalizada. Ella hizo que la Tierra perdiese su frágil equilibrio y su capacidad de autorregeneración. Tenemos que impedir que Gaia entre en un proceso de caos, buscando a través de él un nuevo equilibrio, pero a costa de grandes sacrificios ecológicos, como la desaparición de millares de especies, cataclismos, sequías, inundaciones, inseguridad alimentaria de vastas proporciones y, eventualmente, la desaparición de un número incalculable de seres humanos.

A partir de ahora, la educación debe incluir inaplazablemente las cuatro grandes tendencias de la ecología: la ambiental, la social, la mental y la integral o profunda (aquella que discute nuestro lugar en la naturaleza y nuestra inserción en todo el entramado de las energías cósmicas). Entre los educadores ambientales se impone cada vez más esta perspectiva: educar para el arte de vivir en armonía con la naturaleza, y proponerse repartir equitativamente con los demás seres los recursos de la cultura y del desarrollo sostenible.

Necesitamos estar conscientes de que no se trata solamente de introducir correcciones al sistema que creó la actual crisis ecológica, sino de educar para su transformación. Esto implica superar la visión reduccionista y mecanicista imperante todavía y asumir la cultura de la complejidad. Ésta nos permite ver las interrelaciones del mundo vivo y las ecodependencias del ser humano. Tal verificación exige tratar las cuestiones ambientales de forma global e integrada.

De este tipo de educación se deriva la dimensión ética de responsabilidad y de cuidado por el futuro común de la Tierra y de la humanidad. Nos hace descubrir al ser humano como el cuidador del jardín del Edén que es nuestra Casa Común y el guardián de todos los seres. La democracia además de ser sin fin, como lo quiere con razón Boaventura de Souza Santos, será también una «democracia socioecológica». Junto a la ciudadanía (que viene de ciudad) estará la florestanía (que viene de floresta), ensayada por el gobierno petista (PT) en el Estado de Acre, Brasil. Ser humano y naturaleza se pertenecen mutuamente y, juntos, deben construir un camino de convivencia no destructiva.

[Traducción de mjg]



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Publicado el 22 junio 2008 - 07:08




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18 de ABRIL, 2008



COMENSALIDAD: REHACER LA HUMANIDAD



Comensalidad significa comer y beber juntos alrededor de la misma mesa. Esta es esta una de las referencias más ancestrales de la familiaridad humana, pues en ella se hacen y se rehacen continuamente las relaciones que sostienen la familia.

La mesa, antes que a un mueble, remite a una experiencia existencial y a un rito. Es el lugar privilegiado de la familia, de la comunión y de la hermandad. En ella se comparte el alimento y con él se comunica la alegria de encontrarse, el bienestar sin disimulos, la comunión directa que se traduce en los comentarios sin ceremonia de los hechos cotidianos, en las opiniones sin censura de los acontecimientos de la crónica local, nacional e internacional.

Los alimentos son algo más que cosas materiales. Son sacramentos de encuentro y de comunión. El alimento es apreciado y es objeto de comentarios. La mayor alegría de la madre o de quien cocina es notar la satisfacción de los comensales.

Pero debemos reconocer que la mesa es también lugar de tensiones y de conflictos familiares, donde las cosas se discuten abiertamente, se explicitan las diferencias y pueden establecerse acuerdos, donde existen también silencios perturbadores que revelan todo un malestar colectivo.

La cultura contemporánea ha modificado de tal forma la lógica del tiempo cotidiano en función del trabajo y de la productividad que ha debilitado la referencia simbólica de la mesa. Ésta ha quedado reservada para los domingos o para los momentos especiales, de fiesta o de aniversario, cuando los familiares y amigos se encuentran. Pero, por regla general, ha dejado de ser el punto de convergencia permanente de la familia. La mesa familiar ha sido sustituída lamentablemente por <em>fast food</em>, comida rápida que sólo hace posible la nutrición pero no la comensalidad.

La comensalidad es tan central que está ligada a la propia esencia del ser humano en cuanto humano. Hace siete millones de años habría comenzado la separación lenta y progresiva entre los simios superiores y los humanos, a partir de un ancestro común. La especificidad del ser humano surgió de forma misteriosa y de difícil reconstrucción histórica. Sin embargo, etnobiólogos y arqueólogos llaman nuestra atención sobre un hecho singular: cuando nuestros antepasados antropoides salían a recolectar frutos, semillas, caza y peces no comían individualmente lo que conseguían reunir. Tomaban los alimentos y los llevaban al grupo. Y ahí praticaban la comensalidad: distribuían los alimentos entre ellos y los comían grupal y comunitariamente.

Por lo tanto, la comensalidad, que supone la solidaridad y la cooperación de unos con otros, permitió el primer salto de la animalidad en dirección a la humanidad. Fue sólo un primerísimo paso, pero decisivo, porque le cupo inaugurar la característica básica de la especie humana, diferente de otras especies complejas: (entre los chimpancés y nosotros hay solamente un 1,6% de diferencia genética) la comensalidad, la solidaridad y la cooperación en el acto de comer. Y esa pequeña diferencia hace toda una diferencia.

Esa comensalidad que ayer nos hizo humanos, continúa hoy haciéndonos de nuevo humanos siempre. Por eso, importa reservar tiempos para la mesa en su sentido pleno de la comensalidad y de la conversación libre y desinteresada. Ella es una de las fuentes permanentes de renovación de la humanidad hoy globalmente anémica.



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#54 Ge. Pe.

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Publicado el 28 junio 2008 - 01:24




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25 de ABRIL, 2008



CONSUMO SOLIDARIO Y RESPONSABLE



El consumismo que la cultura del capital ha gestado está en la base del hambre de miles de millones de personas y de la actual falta de alimentos de la humanidad. Frente a tal situación, ¿cómo debería ser el consumo humano?

En primer lugar el consumo debe ser adecuado a la naturaleza del ser humano. Ésta, por un lado, es material, enraizada en la naturaleza y necesitada de bienes materiales para subsistir. Por otro lado es espiritual y se alimenta de bienes intangibles como la solidaridad, el amor, la acogida y la apertura al Infinito. Si no damos atención a estas dos dimensiones nos volveremos anémicos en el cuerpo y en el espíritu.

En segundo lugar, el consumo necesita ser justo y equitativo. La Declaración de los Derechos Humanos afirma que la alimentación es una necesidad vital y, por ello, un derecho fundamental de cada persona humana (justicia) y conforme con las singularidades de cada uno (equidad). Si no se atiende este derecho, las personas se confrontan directamente con la muerte.

En tercer lugar, el consumo debe ser solidario. Es solidario aquel consumo que supera el individualismo y se autolimita, por amor y por compasión con aquellos que no pueden consumir lo necesario. La solidaridad se expresa por el compartir, por la participación y por el apoyo a los movimientos que luchan por los medios de vida, tierra, vivienda y salud. Implica también la disposición a sufrir y a correr los riesgos que tal solidaridad comporta.

En cuarto lugar, el consumo ha de ser responsable. Es responsable el consumidor que se da cuenta de las consecuencias del modelo de consumo que practica, si es suficiente y decente, o sofisticado y suntuoso. Si consume lo que necesita o desperdicia aquello que va a faltar en la mesa de los otros. La responsabilidad se traduce por un estilo sobrio, capaz de renunciar, no por ascetismo, sino por amor y en solidaridad con los que sufren necesidad. Se trata de una opción por la sencillez voluntaria y por un patrón de vida conscientemente contenido, que no se somete a los reclamos del deseo ni a las solicitaciones de la publicidad. Aunque no tenga consecuencias inmediatas y visibles, esta actitud vale por sí misma. Muestra una convicción que no se mide por los efectos esperados sino por el valor que esta actitud humana posee en sí misma.

Por último, el consumo debe ser realizador de la integralidad del ser humano. Éste tiene necesidad de conocimiento y así consumimos muchos saberes discerniendo cuál de ellos conviene y edifica. Tenemos necesidad de comunicación y de relacionarnos, y satisfacemos esta necesidad alimentando relaciones personales y sociales que nos permiten dar y recibir; en este intercambio nos complementamos y crecemos. A veces esta comunicación se realiza participando en manifestaciones a favor de la justicia, a favor de la reforma agraria, del cuidado del agua potable, de la protección de la naturaleza, o también viendo una película, asistiendo a un concierto, yendo a un teatro, visitando una exposición artística, participando en algún debate.

Tenemos necesidad de amar y de ser amados. Satisfacemos esta necesidad amando con gratuidad a las personas y a los diferentes a nosotros. Tenemos necesidad de transcendencia, de atrevernos y de ir más allá de cualquier límite impuesto, de sumergirnos en Dios con quien podemos comulgar. Todas estas formas de consumo realizan la existencia humana en sus múltiples dimensiones.

Estas formas de consumo no cuestan y no gastan energía; presuponen solamente el empeño y la apertura a la solidaridad, a la compasión y a la belleza.

¿No traduce todo esto aquello en lo que pensamos cuando hablamos de felicidad?



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#55 Ge. Pe.

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Publicado el 12 julio 2008 - 12:17







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HAMBRE: LOS ALIMENTOS COMO NEGOCIO



El mundo se está alarmando con la subida del precio de los alimentos y con las previsiones de aumento del hambre en el mundo. El hambre es un problema ético, denunciado por Gandhi: «el hambre es un insulto, humilla, deshumaniza y destruye el cuerpo y el espíritu; es la forma más asesina que existe». Pero también es resultado de una política económica. El alimento se transformó en ocasión de lucro y el proceso agroalimentario en un negocio rentable. Cambió la visión básica que predominaba hasta la llegada de la industrialización moderna, la visión en la que la Tierra era vista como la Gran Madre. Entre la Tierra y el ser humano se articulaban entonces relaciones de respeto y de mutua colaboración. El proceso de producción industrialista considera la Tierra solamente como baúl de recursos a ser explotados hasta que se agoten.

La agricultura más que un arte y una técnica de producción y de medios de vida se ha transformado en una empresa para lucrar. Mediante la mecanización y la alta tecnología se puede producir mucho con menos tierras. La «revolución verde», introducida a partir de los años 70 del siglo XX y difundida por todo el mundo, quimicalizó casi toda la producción. Los efectos son ahora perceptibles: empobrecimiento de los suelos, erosión devastadora, deforestación y pérdida de millares de variedades naturales de semillas que son reserva frente a crisis futuras.

La cría de animales se ha modificado profundamente debido a los estimulantes de crecimiento, las prácticas intensivas, vacunas, antibióticos, inseminación artificial y clonación.

Los agricultores clásicos han sido sustituidos por los empresarios del campo. Todo este cuadro se ha visto agravado por la urbanización acelerada del mundo, con el consiguiente vaciamiento de los campos. La ciudad demanda alimentos que ella no produce y que dependen del campo.

Existe una verdadera guerra comercial alrededor de los alimentos. Los países ricos subsidian cosechas enteras, o la producción de carnes, para colocarlas a mejor precio en el mercado mundial, perjudicando a los países pobres, cuya principal riqueza consiste en la producción y exportación de productos agrícolas y carnes. Muchas veces, para ser viables económicamente, se obligan a exportar granos y cereales que van a alimentar el ganado de los países industrializados, cuando en el mercado interno podrían servir de alimento para sus poblaciones.

Por el afán de garantizarse lucros, hay una tendencia mundial, en el marco del modo de producción capitalista, de privatizar todo, especialmente las semillas. Menos de una decena de empresas transnacionales controla el mercado de semillas en todo el mundo. Han introducido las semillas transgénicas, que no se reproducen en las cosechas, y que necesitan ser compradas cada vez, con grandes beneficios para las empresas. La compra de las semillas es parte de un paquete mayor que incluye la tecnología, los pesticidas, la maquinaria y la financiación bancaria, atando a los productores a los intereses agroalimentarios de las empresas multinacionales.

En el fondo, lo que más interesa es garantizar ganancias para los negocios, y lo que menos, alimentar personas. Si no se produce una inversión de este orden de cosas, por ejemplo, una economía sometida a la política, una política orientada por la ética y una ética inspirada por una sensibilidad humanitaria mínima, no habrá solución para el hambre y la desnutrición mundial. Continuaremos en la barbarie que estigmatiza al actual proceso de globalización. Los gritos desgarradores de millones de hambrientos suben continuamente al cielo sin que les vengan respuestas eficaces de alguna parte que hagan callar este clamor. Es la hora de la compasión humanitaria, traducida en políticas globales de combate sistemático al hambre.

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Publicado el 20 julio 2008 - 07:58







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CUATRO "ERRES" CONTRA EL CONSUMISMO



El hambre es una constante en todas las sociedades históricas. Hoy, sin embargo, alcanza dimensiones vergonzosas y simplemente crueles. Revela una humanidad que ha perdido la compasión y la piedad. Erradicar el hambre es un imperativo humanístico, ético, social y ambiental. La condición previa más inmediata y posible, que debe ser puesta inmediatamente en práctica, es un nuevo patrón de consumo.

La sociedad dominante es evidentemente consumista. Da centralidad al consumo privado, sin auto-límite, como objetivo de la propia sociedad y de la vida de las personas. Consume no sólo lo necesario, lo que es justificable, sino lo superfluo, lo que es cuestionable. Este consumismo sólo es posible porque las políticas económicas que producen los bienes superfluos son continuamente alimentadas, apoyadas y justificadas. Gran parte de la producción se destina a generar aquello que en la realidad no precisamos para vivir decentemente.

Como se trata de lo superfluo, se recurre a mecanismos de propaganda, de marketing y de persuasión para inducir a las personas a consumir y a hacerlas creer que lo superfluo es necesario y una fuente secreta de felicidad.

Lo fundamental para este tipo de marketing es crear hábitos en los consumidores hasta que se cree en ellos una cultura consumista y la necesidad imperiosa de consumir. Se suscitan más y más necesidades artificiales y en función de ellas se monta el engranaje de la producción y de la distribución. Las necesidades son ilimitadas, por estar ancladas en el deseo que, por naturaleza, es ilimitado. Por esta razón, la producción tiende a ser también ilimitada. Surge entonces una sociedad, ya denunciada por Marx, marcada por fetiches, abarrotada de bienes superfluos, punteada de centros comerciales, verdaderos santuarios del consumo, con altares llenos de ídolos milagreros, pero ídolos al fin y al cabo, una sociedad insatisfecha y vacía porque nada la sacia. Por eso, el consumo es creciente y nervioso, sin que sepamos hasta cuando la Tierra finita aguantará esta explotación infinita de sus recursos.

No causa sorpresa el hecho de que el Presidente Bush convoque a la población a consumir más y más y así salvar la economía en crisis, lógico, a costa de la sostenibilidad del planeta y de sus ecosistemas. Contra eso, cabe recordar las palabras de Robert Kennedy el 18 de marzo de 1968: «No encontraremos un ideal para la nación ni una satisfacción personal en la mera acumulación ni en el mero consumo de bienes materiales. El PIB no contempla la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de los valores familiares, no mide nuestro ingenio, ni nuestro valor, ni nuestra compasión, ni nuestro amor a la patria. Mide todo menos aquello que hace la vida verdaderamente digna de ser vivida». Tres meses después fue asesinado.

Para hacer frente al consumismo urge que seamos, de modo consciente, anticultura en ejercicio. Hay que incorporar a la vida cotidiana las cuatro “erres” principales: reducir los objetos de consumo, reutilizar los que ya hemos usado, reciclar los productos dándoles otra finalidad, y finalmente, rechazar lo que el marketing, descarada o sutilmente, nos obliga a consumir.

Sin este espíritu de rebeldía consecuente contra todo tipo de manipulación del deseo y con la voluntad de seguir otros caminos dictados por la moderación, por la justa medida y por el consumo responsable y solidario, corremos el peligro de caer en las insidias del consumismo, aumentando el número de hambrientos y empobreciendo el planeta ya continuamente devastado.



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Publicado el 31 julio 2008 - 12:36






EN BUSCA DE LA SABIDURÍA ECOLÓGICA




El paradigma civilizatorio globalizado, asentado sobre la guerra contra Gaia y contra la naturaleza, está llevando a todo el sistema de vida a un gran impasse. Hay señales inequívocas de que la Tierra no aguanta más esta sistemática explotación de sus recursos y la ofensa continuada a la dignidad de sus hijos e hijas, los seres humanos, excluidos y condenados por millones a morir de hambre. Pero tenemos que ser conscientes de que esta guerra no la vamos a ganar nosotros sino Gaia. Como observaba Eric Hobsbawm en la última página de su conocido libro <em>La era de los extremos</em> o <em>Historia del siglo XX</em> (1994).. «El futuro no puede ser la continuación del pasado; nuestro mundo corre el riesgo de explosión e implosión; tiene que cambiar; la alternativa a un cambio de la sociedad es la oscuridad».

¿Cómo evitar esta oscuridad que puede significar la derrota de nuestro tipo de civilización y eventualmente el Armagedón de la especie humana? Es imperioso que recordemos otras civilizaciones que pueden inspirarnos sabiduría ecológica. Hay muchas. Escojo la civilización maya, por el simple hecho de que en el mes de marzo de este año tuve la oportunidad de visitar durante 20 días las regiones de América Central habitadas todavía hoy por los supervivientes de aquel extraordinario ensayo civilizatorio, y de dialogar largamente con sus sabios, sacerdotes y chamanes. De aquella riqueza inmensa quiero resaltar sólo dos puntos centrales que son grandes ausencias en nuestro modo de habitar el mundo: la cosmovisión armónica con todos los seres y su fascinante antropología centrada en el corazón.

La sabiduría maya viene de la más remota ancestralidad y se ha conservado trasmitiéndola de padres a hijos. Como no pasaron por la circuncisión de la cultura moderna, guardan con fidelidad las antiguas tradiciones y las enseñanzas, consignadas también en escritos como el Popol-Vuh y los Libros de Chilam Balam. La intuición básica de su cosmovisión se aproxima mucho a la de la moderna cosmología y física cuántica. El universo está construido y mantenido por energías cósmicas, por el Creador y Formador de todo. Lo que existe en la naturaleza nació del encuentro de amor entre el Corazón del Cielo y el Corazón de la Tierra. La Madre Tierra es un ser vivo que vibra, siente, intuye, trabaja, engendra y alimenta a todos sus hijos e hijas. La dualidad de base entre formación y desintegración (nosotros diríamos entre caos y cosmos) confiere dinamismo a todo el proceso universal. El bienestar humano consiste en estar permanentemente sincronizado con este proceso y cultivar un profundo respeto delante de cada ser. Entonces él se siente parte consustancial de la Madre Tierra y disfruta de toda su belleza y protección. La propia muerte no es enemiga: es un envolverse más radicalmente con el Universo.

Los seres humanos son vistos como «los hijos e hijas esclarecidos, los averiguadores y buscadores de la existencia». Para llegar a su plenitud el ser humano pasa por tres etapas, verdadero proceso de individuación. Puede ser «persona de barro».. puede hablar, pero no tiene consistencia, pues frente a las aguas se disuelve. Se desarrolla más y puede pasar a ser «persona de madera».. tiene entendimiento, pero no alma que siente, porque es rígido e insensible. Por fin, alcanza la fase de «persona de maíz».. «conoce lo que está cerca y lo que está lejos», pero su característica es tener corazón. Por eso «siente perfectamente, percibe el Universo, la Fuente de la vida» y late al ritmo del Corazón del Cielo y del Corazón de la Tierra.

La esencia del ser humano está en el corazón, en aquello que venimos diciendo desde hace años, en la razón primordial y en la inteligencia sensible. Dándoles centralidad, lo cual se manifiesta en el cuidado y el respeto, es como podemos salvarnos.



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Publicado el 09 agosto 2008 - 03:39






ACTUAR RÁPIDO, ACTUAR JUNTOS



Finalmente también las iglesias se están movilizando para enfrentarse al calentamiento global.

El secretario general de la ONU Ban Ki Moon visitó en marzo el Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra y dijo: «un problema global exige una respuesta global: necesitamos la ayuda de las Iglesias». Y ellas inmediatamente respondieron convocando a los millones de cristianos dispersos por todo el mundo con las palabras: «actuar rápido, actuar juntos porque no tenemos tiempo que perder». Bíblicamente enfatizaron que Dios nos entregó la Tierra como herencia para ser administrada, pues ese es el sentido hebraico de «dominad la Tierra» que no tiene que ver con lo que nosotros llamamos dominación. Asumen los dos imperativos propuestos por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático: (IPCC) la mitigación y la adaptación. La mitigación quiere llegar a las causas productoras del calentamiento global que es nuestro estilo dilapidador de producción y el consumo sin medida y sin solidaridad. La adaptación considera los efectos perversos, especialmente en los países más vulnerables del sur del mundo que exigen de todos solidaridad y com-pasión, pues si no consiguen adaptarse, asistiremos, aterrados, al exterminio de muchas vidas humanas.

Las Iglesias asumen una función pedagógica: al evangelizar, deben proponer el ideal de una sobriedad voluntaria y de una austeridad jovial y enseñar el respeto a todos los seres, pues todos salieron del corazón de Dios. Siendo dones del Creador, debemos compartirlos solidariamente con otros empezando por los que más necesitan.

La Iglesia católica oficialmente aún no propuso nada significativo. Pero la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) en sus Campañas de la Fraternidad sobre el agua y sobre la Amazonia ayudó a despertar a la ecología. Los obispos canadienses publicaron recientemente una bella carta pastoral con el titulo: «la necesidad de una conversión». Atribuyen a la conversión un significado que transciende su sentido estrictamente religioso. Implica «encontrar el sentido del límite, pues, un planeta limitado no puede responder a demandas ilimitadas». Necesitamos, dicen, liberarnos de la obsesión de consumir. «El egoísmo no es solamente inmoral, es suicida; esta vez no tenemos otra elección sino una nueva solidaridad y nuevas formas de compartir».

Llegamos a esto, reconocen, porque hace siglos que ya no respetamos las leyes de la vida, olvidando la sabiduría antigua que enseñaba: «no dirigimos la naturaleza sino obedeciéndola». Es más fácil enviar personas a la luna y traerlas de regreso que hacer que los humanos respeten los ritmos de la naturaleza. Ahora estamos cogiendo los frutos envenenados de la desacralización de la vida provocada por el poder de la tecnociencia al servicio de la acumulación de unos pocos.

El judeocristianismo posee razones propias para fundamentar un comportamiento ecológicamente responsable y salvador. Parte de la creencia —semejante a la visión de la cosmología contemporánea— de que Dios transportó la creación del caos al cosmos, es decir, de un universo marcado por el desorden a uno en el que reina el orden y la belleza. Y dijo Dios: «esto es bueno». Colocó al ser humano en el jardín del Edén para que lo «cultivase y guardase». «Cultivar» es cuidar y favorecer el crecimiento y «guardar» es proteger y asegurar la continuidad de los recursos, como diríamos hoy, garantizar un desarrollo sostenible.

Importa rehacer la conexión rota con la naturaleza para que podamos de nuevo gozar de su belleza y de su «grandeur». Esta fe es el fundamento de esperanza de un futuro bueno para la creación, tan bien expresado en el libro de la Sabiduría: «Señor, tu amas a todos los seres y a todos los conservas porque te pertenecen, oh soberano amante de la vida» (11,24 y 26).


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Publicado el 17 agosto 2008 - 06:24









PARAGUAY BAJO EL SIGNO DE LA LIBERACIÓN

2008-08-15



No sé si se puede hablar del Paraguay sin antes pedir, humildemente, disculpas por el etnocidio que las tropas de la Triple Alianza (Brasil, Argentina, Uruguay) perpetraron durante los cinco años de guerra. Hubo un brutal genocidio en el que perecieron en batalla o pasados al filo de la espada más del 90% de los hombres adultos, entre ellos muchos niños. Es una deuda ética que todavía tenemos que reparar.

En todo caso, importa mirar hacia delante. Después de 60 años de dominio del Partido Colorado, finalmente irrumpió una figura de alta calidad ética y política, en la persona de Fernando Lugo. Fue sacerdote de la Congregación del Verbo Divino y obispo de San Pedro, una diócesis con muchos pobres. Tiene un excelente currículo académico, estudió ciencias de la religión y sociología con especialización en doctrina social de la Iglesia en la Universidad Gregoriana de Roma. Fue profesor de teología y miembro del selecto grupo de asesores del Consejo Episcopal Latinoamericano.

Lo que marcó su vida fueron los cinco años que trabajó en Ecuador con comunidades indígenas bajo la inspiración del obispo de Riobamba, Leonidas Proaño, famoso por su pastoral indigenista de cuño claramente liberador, pues se proponía gestar una Iglesia de rostro indígena en su forma de rezar, de pensar y de vivir la fe. De regreso a Paraguay, y nombrado obispo, se insertó profundamente en los medios pobres y en la cultura guaraní (habla con fluidez el guaraní). Esta práctica pastoral le hizo entender el acierto de las intuiciones y del método de la Teología de Liberación que había aprendido con el obispo Proaño: partir del universo de los pobres, darles vez y voz, asumir sus causas, participar de sus dificultades y alegrías, colaborando para que sean sujetos de su liberación, constructores de otro tipo de sociedad y de otro modelo de Iglesia, fundado en redes de comunidades de base.

Insertado en los medios populares, sintió en la piel la urgencia de cambios políticos para su país. No habiendo líderes significativos capaces de romper la «dictadura» del Partido Colorado y de combatir la corrupción instalada en todas las instancias del poder, entendió que él podría prestar ese servicio a su pueblo. «Liturgia», en el sentido antiguo de la Iglesia, más que un conjunto de ritos y celebraciones era entendida como servicio al pueblo en el sentido del bien común. Esa «liturgia» fue asumida por el obispo Lugo. Coordinó la formación de la «Alianza Patriótica para el cambio», apoyada por el Partido Radical Auténtico y por un abanico de partidos más pequeños que lo llevaron a la presidencia del país.

Inicialmente el Vaticano se opuso a su decisión, llegando hasta suspenderlo «a divinis» (prohibición de ejercer el ministerio), pero una vez elegido triunfó la sensatez y aceptó su pedido de volver al estado laico. La expresión canónica «reducción al estado laico» es una expresión desafortunada por el simple hecho de que ese es el estado de Jesús, como dice la epístola a los Hebreos, pues es sabido que Jesús no es de la tribu de Leví, de sacerdotes, sino de la de David, que es de laicos, reyes y poetas. Por lo tanto, fue promovido al estado laico, al de Jesús. Quiere ejercer el poder dando centralidad a los pobres y al pueblo guaraní. Ha dejado claro que no quiere hacer de la política su destino de vida sino solamente un paso de servicio.

Es un hombre que sabe escuchar y abrazar lo que viene de abajo, fruto de la experiencia de muchas generaciones. Es un honor para la Iglesia y para la propia Teología de la Liberación ofrecer un cuadro de esta densidad política y ética para servir a un pueblo que tanto ha sufrido históricamente y que merece un destino mejor, integrado en las nuevas democracias del Continente.


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#60 Ge. Pe.

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Publicado el 23 agosto 2008 - 06:23






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¿QUÉ FUTURO NOS ESPERA?


2008-07-11



Muchos analistas, como James Lovelock, Martin Rees, Samuel P. Huntington, Jacques Attali y otros, hacen pronósticos sombríos sobre el futuro que nos espera. Es cierto que la historia no tiene leyes, pues se mueve en el reino de las libertades que están sometidas al principio de indeterminación Bohr/Heisenberg y de las sorprendentes emergencias, propias del proceso evolutivo. Sin embargo una mirada a largo plazo nos permite constatar algunas constantes que pueden ayudarnos a entender, por ejemplo, el surgimiento, la expansión y la caída de los imperios y de civilizaciones completas. Quien se detuvo más cuidadosamente en esta cuestión fue el historiador inglés Arnold Toynbee (+1976), que escribió una obra de doce tomos sobre las civilizaciones históricamente conocidas: A Study of History. Ahí maneja una categoría-clave, verdadera constante socio-histórica, que arroja alguna luz sobre el tema en cuestión. Se trata de la correlación desafío-respuesta (challenge-response). Señala que una civilización se mantiene y se renueva en la medida en que consigue equilibrar el potencial de desafíos con el potencial de respuestas que ella les puede dar. Cuando los desafíos son de tal monta que sobrepasan la capacidad de respuesta, comienza el ocaso de esa civilización, entra en crisis y desparece.

Estimo que actualmente nos enfrentamos a esta clase de fenómeno. Nuestro paradigma civilizacional, elaborado en Occidente y difundido por todo el globo, está haciendo agua por todas partes. Los desafíos (challenges) globales son de tal gravedad, especialmente los de naturaleza ecológica, energética, alimentaria y poblacional, que estamos perdiendo la capacidad de darles una respuesta colectiva e incluyente. Este tipo de civilización se va a disolver.

¿Qué viene después? Sólo hay conjeturas.

El conocido historiador Eric Hobsbawn vaticina: o adoptamos otro paradigma o vamos al encuentro de la oscuridad.


Quiero detenerme en los pronósticos de Jacques Attali, economista, ex-asesor de F. Mitterand y pensador francés, en su libro Une brève histoire de l’avenir (2006), pues me parecen verosímiles, aunque dramáticos. Él pinta tres escenarios probables que resumo brevemente.


El primero es el del superimperio.



Se trata de Estados Unidos y de sus aliados. Ellos confieren un rostro occidental a la globalización y le imprimen la dirección que atiende a sus intereses. Su fuerza es de todo tipo, pero principalmente militar: puede exterminar a toda la especie humana. Pero está decadente, con muchas contradicciones internas que se muestran en la inexorable depreciación del dólar.


El segundo es el superconflicto.



Es lo que sigue a la quiebra del orden imperial. Se entra en un proceso colectivo de caos (no necesariamente generativo). La globalización continúa, pero predomina la balcanización con dominios regionales que pueden generar conflictos de gran poder devastador). La anomia internacional abre espacio para que surjan grupos de piratas y corsarios que cruzarán los aires y los océanos, saqueando grandes empresas y gestando un clima de inseguridad global. Estas fuerzas pueden tener acceso a armas de destrucción masiva y, en el límite, amenazar a la especie humana. Esta situación extrema clama por una solución también extrema.


El tercer escenario es la superdemocracia.



La humanidad, si no quiere auto-destruirse, deberá elaborar un contrato social mundial con creación de instancias de gobernabilidad global y una gestión colectiva de los escasos recursos de la naturaleza. Si triunfara, se inauguraría una nueva etapa de la civilización humana, posiblemente con menor conflictividad y más cooperación.

Sólo nos queda rezar para que este último escenario sea el que suceda.


Leonardo Boff


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