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Tsunamis


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#1 Ge. Pe.

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Publicado el 06 noviembre 2007 - 11:28

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Un artículo profético.... si hubiesen atendido a las palabras de los científicos. Lectura obligada.
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Revista Investigación y Ciencia: 274 -JULIO 1999

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TSUNAMIS

GONZÁLEZ, FRANK I.



IPB Image penas habían pasado doce minutos de la puesta del Sol. Había empezado a oscurecer en la costa norte de Papúa Nueva Guinea. Aquella noche del viernes 17 de julio de 1998 llegaba tranquila para los hombres, mujeres y niños de Sissano, Arop, Warapu y otras aldeas del apacible banco de arena que separa la laguna de Sissano del mar de Bismarck. Pero lejos de las cabañas, en las profundidades de la Tierra donde tremendas fuerzas habían estado comprimiendo las rocas subyacentes durante años y años, iba a liberarse en pocos minutos y con suma violencia toda la energía acumulada, hasta provocar un terremoto de 7,1 grados de magnitud.

La parte más intensa del temblor se produjo a las 18,49 horas, sacudiendo el litoral de la laguna y deformando el fondo costero oceánico. A consecuencia de ello el nivel del mar subió de repente y engendró un temible tsunami.

John Sanawe, un coronel retirado, vivía en el extremo sur del banco de arena, en Arop. Sobrevivió al fenómeno y le contó su peripecia personal a Hugh Davies, de la Universidad de Papúa Nueva Guinea.

Tras la primera sacudida, ocurrida a sólo 20 kilómetros de la costa, Sanawe vio la elevación del mar sobre el horizonte; el agua, pulverizada, rozaba los 30 metros de altura. Oyó un ruido bronco, al principio como de un trueno lejano y después parecido al de un helicóptero cercano; el sonido se fue apagando, mientras retrocedía el nivel del mar muy por debajo de su cota normal. Pasaron cuatro o cinco minutos de silencio.

Oyó entonces un estruendo de reactor en vuelo rasante. Y de pronto apareció la primera ola del tsunami, de unos tres o cuatro metros de altura. Corrió hacia su casa, pero la ola le alcanzó. Una segunda ola, mucho mayor, arrasó la aldea y le arrojó un kilómetro más allá, dentro ya del manglar de la laguna.

Hubo quienes no tuvieron la suerte de Sanawe. Algunos fueron despedidos más allá de la laguna y lanzados sobre las ramas rotas del manglar. Muchos fueron acribillados por toda clase de escombros. Una treintena de los supervivientes perdió alguna extremidad por infecciones y gangrena. Antes de que llegara la ayuda, cocodrilos y perros salvajes carroñearon los cadáveres, circunstancia que dificultó aún más el recuento de víctimas mortales. Se cifraron en unas 2200, de la que 230 eran niños. Las olas que alcanzaron la costa un cuarto de hora después de la sacudida principal, que tenían más de 15 metros de altura, sorprendieron a muchos habitantes. Las pocas personas que estaban enteradas de estos riesgos quedaron atrapadas sin saber adónde huir.



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LOS TSUNAMIS DE ESPECIAL VIOLENCIA podrían arrancar un faro de cuajo. Sería imposible escapar de estas olas, muy próximas a la costa, con alturas de hasta 30 metros y velocidades de 15 metros por segundo.




Las olas de los tsunamis que han afectado a Papúa Nueva Guinea son las más devastadoras que se conocen, según los registros de incidencia obtenidos a partir de las bases de datos desarrolladas por James F. Lander, Patricia A. Lockridge y su grupo del Cetro Nacional de Datos Geofísicos de Boulder, así como por Viacheslav K. Gusiakov y sus colegas del Laboratorio de Tsunamis de Novosibirsk. La mayoría de los tsunamis reseñados se dan en el océano Pacífico, el 86 por ciento de los cuales se genera por los terremotos submarinos originados alrededor de la Fosa Pacífica, donde la colisión entre las placas tectónicas favorece una intensa actividad sísmica.

En el último decenio se han registrado en el mundo 82 tsunamis, que se han cobrado la vida de cuatro mil personas. Se trata de una tasa mucho más alta que la media histórica de 57 por decenio. Este incremento en los registros obedece en buena medida a la mejora en las comunicaciones y al crecimiento de las poblaciones litorales. Con mi grupo del Laboratorio Oceanográfico del NOAA en Seattle, establecimos una red de correo electrónico para la colaboración entre expertos y la creación de registros, rápidos y precisos, de información sobre tsunamis. Esta iniciativa de intercomunicación, gestionada ahora por el Centro Internacional de Información sobre Tsunamis, ha venido facilitando el intercambio de conocimientos desde el episodio de Nicaragua de 1992.

Fenómenos similares a los de Nicaragua y Papúa Nueva Guinea causaron estragos en Hawai y en Alaska en épocas pasadas, a pesar de lo cual se creyó durante mucho tiempo que la costa oeste de Estados Unidos se hallaba libre de tales episodios devastadores. Pero empieza a disponerse de pruebas de que los terremotos pueden provocar tsunamis a intervalos de entre 300 y 700 años, conforme se desarrolla la subducción de Cascadia, consistente en la intrusión de la corteza oceánica de la placa del Pacífico bajo Norteamérica.

El terremoto de abril de 1992, de 7,1 grados de magnitud, producido en el extremo sur de la zona de subducción y desencadenante de un pequeño tsunami cerca de Cabo Mendocino (California), fue un claro aviso del riesgo. E instó el desarrollo sistemático de un programa de previsión de los tsunamis más peligrosos para la población, empeño en el que trabaja mi laboratorio de Seattle.

Para comprender el fenómeno de los tsunamis hemos de empezar por separarlo de las mareas y de las olas de origen eólico. Las brisas que recorren el océano rizan su superficie en olas de corta longitud de onda y forman corrientes superficiales; hasta un buceador puede evitarlas sumergiéndose a mayor profundidad. Y si bien es cierto que algunas tempestades levantan fuertes oleajes, de hasta 30 metros de altura, no afectan a las aguas más profundas.

Las mareas, que se suceden dos veces al día, generan, igual que los tsunamis, corrientes que llegan hasta el fondo del mar; mas, a diferencia de ellos, dependen de la atracción gravitatoria de la Luna y del Sol. Los tsunamis en cambio se deben a perturbaciones sufridas por el fondo oceánico, como terremotos, erupciones volcánicas, impactos de meteoritos o desprendimientos de tierras.

Con una velocidad de desplazamiento superior a los 700 kilómetros por hora en las mayores profundidades, el tsunami puede igualar la celeridad de un Boeing 747. Pese a ello no resulta peligroso en las aguas más profundas, donde las olas pasan inadvertidas, pues alcanzan alturas de pocos metros y tienen largas longitudes de onda, en ocasiones superiores a los 750 kilómetros en mar abierto.

La palabra japonesa tsu-nami significa en su literalidad "ola escondida" debido, probablemente, a que un tsunami puede avanzar por el océano, raudo e imperceptible y, ya en la costa, emerger de repente transformado en olas gigantescas y devastadoras.



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DESDE 1990 diez tsunamis devastadores se han cobrado la vida de más de 4000 personas. La catástrofe de Papúa Nueva Guinea es la más reciente de esta serie de olas asesinas generadas por terremotos a lo largo de la fosa tectónica del Pacífico.





Un tsunami puede recorrer largas distancias y transportar su destructiva energía desde su origen hasta costas situadas a miles de kilómetros. Las islas Hawai son especialmente vulnerables a los tsunamis del Pacífico por su ubicación en medio del océano; desde 1895 han sufrido ya en doce ocasiones sus terribles efectos. En el más devastador, que se supone fue el de 1946, murieron 159 personas; aquellas olas gigantescas se habían generado a casi 3700 kilómetros de distancia, en las islas Aleutianas de Alaska.

Si bien esos tsunamis creados en tamaña lejanía emergen de repente, los desencadenados a poca distancia de la costa, y de generación inmediata, como el del año 1998 en Papúa Nueva Guinea, ejercen efectos aún más devastadores. Lander ha estimado que el 90 por ciento de las víctimas se dan en un radio de 200 kilómetros en torno al punto de generación. Un ejemplo extremo son las 30.000 muertes causadas por el tsunami provocado a raíz de la erupción del Krakatoa en 1883, acaecidas todas ellas a 120 kilómetros del punto de generación. (El volcán está en el estrecho indonesio de la Sonda.) La explosión levantó olas de la altura de un edificio de doce plantas.

Cualquiera que sea su origen, los tsunamis evolucionan en tres fases, correspondientes a otros tantos procesos físicos: generación por fuerzas que perturban la columna de agua, propagación desde las aguas profundas próximas al origen de la perturbación hasta las aguas someras de la costa y, finalmente, inundación de las tierras.

La fase de propagación es la que mejor se conoce, mientras que las de generación e inundación resultan más difíciles de simular por ordenador. Para prever dónde se originarán futuros tsunamis importa que las simulaciones sean muy precisas; ello permitiría dirigir los recursos y medios de rescate hacia las regiones consideradas de mayor riesgo.

Llámase generación el proceso en cuya virtud una perturbación del fondo marino (el movimiento a lo largo de una falla, por ejemplo) convierte la superficie del mar en un tsunami. Los simuladores parten del supuesto según el cual el desplazamiento de la superficie marina es igual al sufrido por el fondo oceánico, aunque las medidas del desplazamiento del fondo no puedan ser de momento conocidas. Se aplica un modelo ideal del seísmo que implica que las placas tectónicas se deslizan unas bajo otras siguiendo un simple plano rectangular.

Pese a tal simplificación, la predicción de la altura inicial que alcanzará el tsunami requiere de la descripción de al menos diez parámetros, entre ellos la magnitud del deslizamiento a ambos lados del plano imaginario, su anchura y su longitud. Pero producido un terremoto, de la interpretación de sus datos sísmicos sólo podremos obtener directamente la orientación del plano de falla supuesta, la localización, la magnitud y la profundidad del temblor. El resto de los parámetros deberán estimarse, para así emitir una rápida respuesta que sirva de guía a los equipos de emergencia. Nada tiene, pues, de extraño que la primera simulación subestime frecuentemente la inundación en un factor de cinco a diez.

La baja estimación del territorio inundado pudiera indicar que se infravalora la altura del tsunami por la sencilla razón de que el modelo de un plano de falla simple distribuye la energía del seísmo sobre una extensión demasiado grande. El análisis de los datos sísmicos no puede prever la distribución de la energía más allá de la de las propias ondas sísmicas, que se extienden a lo largo de centenares de kilómetros. Sólo mucho después de que el tsunami alcance las costas puede hacerse trabajar a los simuladores con datos procedentes de los registros anteriores y posteriores al terremoto para calcular de nuevo su altura inicial.

Por ejemplo, tras meses de realización de réplicas se comprueba que la energía sísmica se concentra en regiones mucho menores que las calculadas en el modelo del plano de falla simple. Si la energía se concentra en una zona menor, el movimiento vertical del fondo del mar es mayor y, por ende, la altura inicial del tsunami. Sólo después de meses de tenaz investigación se consiguen simulaciones aceptables.

Cada simulación que se va acercando a la realidad del desastre aumenta la solidez de las predicciones.
La propagación del tsunami transporta la energía sísmica desde la zona del terremoto por medio de las ondulaciones del agua, a la manera en que la energía del temblor se dispersa por la litosfera. La altura de la ola es tan pequeña respecto de su longitud de onda y de la profundidad del agua en esta fase, que no influye en su comportamiento.

Según la teoría de la ola lineal, el tsunami procederá con tanta mayor rapidez cuanto mayores sean la profundidad del agua y la longitud de onda. La dependencia de la velocidad del tsunami respecto a la profundidad del agua supone que la refracción de las irregularidades del fondo del mar puede modificar la dirección de la ola, en especial si alcanza aguas más someras. Los frentes de las olas tienden a alinearse paralelamente a la línea de costa; así, las olas rodean los cabos antes de estrellar contra ellos toda su energía acumulada. Las olas individuales pierden velocidad conforme llegan a aguas más someras, de modo que se van superponiendo unas a otras y acortando su distancia recíproca en un proceso de amontonamiento.

La refracción y el amontonamiento transmiten así la misma energía en un volumen cada vez menor de agua, provocando olas más altas y corrientes más rápidas.



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TRIPLE FASE EVOLUTIVA de los tsunamis: generación, propagación e inundación (arriba). La perturbación del fondo del mar, producida por el movimiento a lo largo de una falla, eleva el agua suprayacente. La ola se propaga por las aguas profundas del océano a velocidades de reactor, pero como su longitud de onda es 600 veces mayor que su altura, la pendiente de la ola es demasiado suave para dejarse detectar. La ola empieza a disminuir su velocidad al alcanzar aguas someras y en ocasiones penetra e inunda el terreno como una gran marea. Otras veces la refracción y el amontonamiento convierten la energía de la ola en una peligrosa pared de agua (derecha). La energía de la ola se concentra en un volumen menor de agua en cuanto se acerca a aguas menos profundas (puntos), cuando desciende, cuando la solapa la ola siguiente o cuando bordea las lenguas de tierra. Este incremento en la densidad de la energía aumenta su altura y su fuerza.




La última fase de la evolución de un tsunami, ya sean las grandes olas encrespadas o la inundación (horizontal), es la más difícil de modelizar. Puede arribar a la orilla transformado en una cresta gigantesca, en una pared de agua o en una inundación similar a la subida de la marea. La ola encrespada alcanza una altura tal que la teoría de la ola lineal no sirve para describir la complicada relación entre el agua y la línea de costa. Si bien se elevan hasta decenas de metros de altura, con dos o tres metros de altura basta para provocar auténticos desastres. La inundación (horizontal) penetra en cambio centenares de metros tierra adentro, si los acantilados o la topografía escarpada no lo impiden.

El movimiento de las placas tectónicas que provoca los terremotos con epicentro en zonas de subducción potencia sus efectos en ambos casos, levantando el fondo del océano y hundiendo la costa. Este desplazamiento propaga las olas mar adentro en forma de prominentes crestas y hacia tierra en forma de grandes senos, razón por la cual suele preceder al tsunami un retroceso del mar.

La subsidencia próxima a la costa no es el único factor que favorece la penetración del tsunami tierra adentro, pues las olas encrespadas y las inundaciones serán mayores si vienen precedidas por un retroceso del mar.

El prever dónde podría romper un tsunami ayudaría a salvar vidas y haciendas, siempre que la población se percatara del riesgo y se comportara en consecuencia. Más de una cuarta parte de los tsunamis registrados en el Pacífico desde 1895 se originaron cerca de Japón. No hay lugar para la extrañeza. Japón se encuentra situado en una zona de gran riesgo, en la vecindad de los bordes de cuatro placas tectónicas. Conscientes de esta amenaza recurrente, los japoneses han realizado durante años importantes inversiones para mitigar los efectos de los tsunamis, sin olvidar programas públicos de educación integral, sistemas de alarma eficaces, barreras forestales litorales, diques y otros muros costeros.

La noche del 12 de julio de 1993 tales medidas hubieron de someterse a una prueba durísima. Un terremoto de 7,8 grados de magnitud en el mar del Japón generó un tsunami que afectó a varias partes de la isla de Okushiri. Cinco minutos después de la mayor sacudida la Agencia Meteorológica Nipona alertó por radio y televisión que un tsunami se dirigía hacia la isla. Olas de entre 10 y 20 metros de altura habían golpeado ya la costa más cercana al epicentro para entonces, cobrándose víctimas. En Aonae, un pueblecito de pescadores del sur de la isla, la mayoría de sus 1600 habitantes huyeron a zonas más altas en cuanto sintieron el primer temblor. Habían pasado pocos minutos cuando olas de entre cinco y diez metros de altura arrasaron centenares de edificios y los arrojaron al mar. Se perdieron más de 200 vidas, pero la rapidez de la reacción salvó muchas más.

Un quince por ciento de los 150 tsunamis registrados en el Japón durante los últimos cien años se caracterizaron por una extrema severidad. Los registros japoneses son más pormenorizados que los de los países que dedican pocos recursos a la prevención. Más de la mitad de los 34 tsunamis sufridos por Indonesia durante idéntico período fueron también muy dañinos para bienes y personas. Las entrevistas realizadas en la isla de Flores tras el tsunami de 1992, que produjo más de un millar de víctimas, indicaron que la mayoría de los lugareños no asoció el terremoto a un posible tsunami, por lo que no abandonaron sus lugares habituales.

En parejas circunstancias de ignorancia vivían los habitantes de Papúa Nueva Guinea, por lo que sufrieron un gran número de bajas, mucho mayor del que cabría esperar de un tsunami de esa envergadura. Pese a que el seísmo de 1907 hundió la zona que ocupa ahora la laguna de Sissano, diríase que los tsunamis les resultan demasiado lejanos en el tiempo o demasiado habituales.

Cuando se produjo el terremoto de 1998 hubo quien se acercó a la costa para observar la perturbación, jugándose la vida.

Se han extraído provechosas lecciones de los últimos tsunamis y también los episodios históricos aportan sus enseñanzas. El grupo de Lander ha descrito más de 200 tsunamis que afectaron a los Estados Unidos desde los primeros registros relativos a Alaska y al Caribe de comienzos del siglo xviii y con los de Hawai y la costa oeste de las postrimerías de la misma centuria. Las pérdidas se cifran en 470 víctimas y en 500 millones de dólares, concentradas sobre todo en Alaska y Hawai. La zona de subducción de las Aleutianas y de Alaska representa una amenaza inmediata para esas regiones, así como para la costa occidental de la Unión.


Otra grave amenaza se cierne sobre las costas de Washington, Oregón y el norte de California. Me refiero a la zona de subducción de Cascadia. Brian F. Atwater ha identificado depósitos de gravas y de arenas, trasladados, se presume, desde las costas de Washington hasta el interior por tsunamis generados por los temblores de la zona de Cascadia. Los recientes sucesos avalan la hipótesis. El tsunami de Nicaragua arrojó una enorme cantidad de arena tierra adentro, de lo que dan testimonio también los depósitos e inundaciones documentados en Flores, Okushiri, Papúa Nueva Guinea y otros lugares.

Hay al menos un segmento de la subducción de Cascadia que se está acercando al final del ciclo sísmico que culmina en un terremoto y un tsunami catastrófico. El peligro de un temblor es comparable al del sur de California: una probabilidad del 35 por ciento de sufrir un terremoto antes del año 2045. El terremoto y el consiguiente tsunami desencadenados en Cabo Mendocino en 1992 recordaron que en la zona de subducción de Cascadia se pueden generar tsunamis que alcancen la costa en cuestión de minutos.

Inmediatamente después del inesperado tsunami de Cabo Mendocino el Gabinete Federal de Respuesta ante Emergencias (FEMA) y el NOAA abordaron el estudio de los efectos de los terremotos en el norte de California y comenzaron la elaboración de mapas de inundación por tsunamis para las ciudades de Eureka y Crescent City. El mapa de riesgos resultante, considerando "todos los peligros", fue el primero de estas características realizado en Estados Unidos. Define las posibles zonas inundables por los tsunamis, la intensidad de los temblores, las coladas de barro y los desprendimientos de vertientes. Se pensó entonces en investigar los posibles efectos de un fuerte terremoto y del consiguiente tsunami.

Viven en las regiones costeras unas 300.000 personas y otros tantos turistas las visitan durante el año. Tras una sacudida violenta, los tsunamis generados cerca de la costa (origen local) caerían sobre ella en cuestión de minutos, sin tiempo de alertar a la población. Una estimación conservadora del desastre, calculada a partir de la catástrofe de Okushiri, indica que además tendría un coste de entre 1250 y 6250 millones de dólares.



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LA EDUCACION de la población se considera decisiva para el esfuerzo de prevención que se está realizando en Estados Unidos. Hay unas señales uniformes que avisan a los habitantes de las costas californianas y a sus visitantes del riesgo de tsunami.




Las señales del riesgo de formación de tsunamis por la subducción de Cascadia, sumadas a los desastres padecidos en los últimos diez años, han respaldado los empeños puestos en la detección precoz de tsunamis. El Congreso aprobó una partida de 2,3 millones de dólares en 1997 para un programa nacional sobre métodos preventivos y paliativos de los efectos de tsunamis. Los estados de Alaska, California, Hawai, Oregón y Washington se asociaron con el NOAA, el FEMA y el USGS para dar respuesta a la amenaza de tsunami, sea de origen local o remoto. Se busca acotar las zonas amenazadas, mejorar la detección precoz de los tsunamis y educar a la población para asegurar una correcta respuesta a las sacudidas.

Para sustanciar la amenaza contra regiones costeras concretas se puede recurrir a la elaboración de mapas de superficie inundable, como los realizados para las ciudades de Eureka y Crescent City, acompañados de avanzadas simulaciones por ordenador. Esta clase de mapas aporta una base para el proyecto de planes de emergencia locales y el trazado de las vías de evacuación adecuadas.

El servicio de protección civil necesita la confirmación fiable y rápida del peligro de tsunami, para lo que se han adaptado los sensores de mareas a su detección. La ampliación de la red de sismógrafos permitirá obtener información más completa y veloz de la naturaleza de los temblores. Aun reconocido el interés de los sismógrafos para los sistemas de emergencia, no es menos cierto que responden a los terremotos y no a los tsunamis, del mismo modo que la supervisión de las mareas puede detectar tsunamis generados cerca de la costa, pero no su energía propagándose desde miles de kilómetros.

De todo ello resulta una inaceptable tasa de un setenta y cinco por ciento de falsas alarmas desde los años cincuenta. Además del costo que ello supone, los sistemas de emergencia pierden credibilidad y las evacuaciones ponen en peligro a las poblaciones afectadas. El 7 de mayo de 1986 se produjo una falsa alarma que obligó a la evacuación de Honolulú; las pérdidas sufridas por culpa del error superaron los 30 millones de dólares.

El NOAA ha desarrollado una red de seis estaciones de registro en profundidades oceánicas. Se ha marcado el objetivo primordial de detectar los tsunamis y de alertar sobre ellos instantáneamente. Es el proyecto DART ("Deep-Ocean Assesment and Reporting of Tsunamis", Detección y Aviso de Tsunamis a Gran Profundidad). La razón subyacente bajo este sistema de alarma es bastante sencilla.



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LOS DETECTORES DE TSUNAMIS en profundidad (izquierda) y la ampliación de la red actual de sismógrafos (triángulos azules en el mapa) pretenden evitar los ataques por sorpresa de los tsunamis. Los detectores de profundidad dependen de refinados sensores instalados en el fondo del mar. Cuando uno de ellos capte una perturbación adecuada pasando sobre él, enviará señales acústicas a una boya de superficie. Esta transmitirá el aviso vía satélite a los responsables del sistema de emergencia.




Los sismómetros repartidos a lo largo de la fosa Pacífica pueden registrar casi de inmediato la localización de un gran temblor en Alaska. Luego se infiere, mediante complejos programas informáticos, cuánto tiempo tardará el tsunami resultante en alcanzar las costas de Hawai, aunque no esté clara su existencia. Los sensores de mareas instalados en las costas detectarán el tsunami tras algunos minutos. Pero la única forma de tener absoluta seguridad de que se avecina un tsunami sería detectarlo y registrarlo en su recorrido por el océano.

Nada más sencillo en teoría que una red de detección instantánea. Pero la complejidad técnica y logística que encierra ha demorado hasta ahora su implantación. Los sistemas del DART dependen de los equipos de registro de la presión en el fondo oceánico desarrollados por Hugh B. Milburn, Alex Nakamura, Eddie N. Bernard y yo mismo en el Laboratorio del Medio Marino del Pacífico. Estos equipos detectan el aumento de presión causado por el incremento de volumen de agua suprayacente al paso de la cresta del tsunami.

Aunque se encuentren a 6000 metros de profundidad, pueden captar un tsunami de hasta un centímetro de alto. No lo confunden con las olas causadas por los barcos ni por las tormentas, pues éstas tienen una longitud de onda muy corta y, al igual que las corrientes marinas, transmiten de otro modo los cambios de presión al fondo del mar. Los primeros instrumentos de registro se situaron en el fondo submarino del Pacífico norte en 1986. Desde entonces se utilizan para registrar tsunamis, aunque para acceder a la información hay que recuperar los equipos.

Se pretende que las mediciones se transmitan acústicamente a una boya situada en la superficie del océano cuando los sensores del fondo del mar detecten un tsunami, boya que las remitiría, vía satélite, a las estaciones terrestres. Se ha experimentado ya con boyas, satélites y sensores del fondo en numerosas estaciones oceanográficas, incluida la serie de 70 boyas meteorológicas instaladas a lo largo del Ecuador para registrar El Niño, el fenómeno oceanográfico de infames efectos sobre el clima mundial. La dificultad reside en lograr un sistema fiable de transmisión acústica de los datos.

Nuestro laboratorio se propone instalar cinco estaciones al norte del Pacífico, entre las Aleutianas occidentales y Oregón, y seis en el Ecuador, para detectar los tsunamis generados en Sudamérica. Un mayor número de boyas reduciría la posibilidad de que algunos tsunamis pasaran inadvertidos, pero el presupuesto limita el número que el NOAA se puede permitir. De ahí el interés máximo de las simulaciones por ordenador. Junto con los datos de las boyas, las simulaciones proporcionarán predicciones más precisas que ayudarán a los responsables de protección civil a tomar la decisión de disparar o no la alarma.

Pese a todos los esfuerzos, ni el mejor sistema de emergencia funcionaría sin una colaboración adecuada de la población. La educación ocupa un puesto destacado en la triple misión del programa estadounidense de prevención y emergencia. Cada estado ha designado ya a los futuros coordinadores que proporcionarán información y asesoramiento a los responsables de protección civil durante la catástrofe. También es crucial para la seguridad de la población la coordinación entre los distintos estados, ya que los ciudadanos estadounidenses tienen una gran movilidad y los procedimientos de emergencia deben ser compatibles entre estados. En muchos puntos de la costa se ha colocado una señal estándar de riesgo de tsunami.

Los especialistas y los responsables de la protección civil coinciden en que los tsunamis son inevitables y que la técnica, por sí sola, no salvará vidas. Los habitantes del litoral tienen que estar preparados para reconocer las señales de un posible tsunami (un temblor fuerte y persistente) y correr hacia tierras altas. También necesitan mapas de las zonas inundables e información sobre rutas de evacuación. También hay que ampliar la predicción a regiones mucho más amplias del Pacífico. Todos estos esfuerzos convergen hacia un objetivo principal, a saber, evitar tragedias como las ocurridas en Papúa Nueva Guinea, Nicaragua y otros lugares del planeta.


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El autor

FRANK I. GONZALEZ dirige el centro de cartografía de zonas afectables por tsunamis adscrito al Laboratorio del Medio Marino del Pacífico que el NOAA tiene en Seattle. Dedica este artículo a la memoria de su esposa, profesora desaparecida muy joven.


Más información en la dirección
http://www.pmel.noaa.gov/tsunami/

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